Capítulo 148
Lola había vuelto a encerrarse en el despacho con la justificación de terminar el atestado para la jueza y revisaba los archivos recuperados del móvil de Emcy.
Por si acaso, tenía abierto en el ordenador el informe a medio redactar.
Se había tomado la molestia de escribirlo aunque no lo fuera a entregar.
A esas alturas, la inspectora tenía el culo pelado como para que la pillaran en un renuncio.
Y es que Campos había entrado con motivos peregrinos y mirado de soslayo la pantalla.
Las interrupciones no habían impedido que encontrara un archivo de audio que contenía el tema que Emcy cantó en la tumba de Morrison: I don't belong here, en la versión de estudio.
Sin duda, era el pago a la Corporación para que la encumbrase de nuevo en su vuelta a los escenarios, según lo pactado en el chat de Signal.
Lo que no esperaba la víctima cuando cedió a las presiones era que, en realidad, no confiaran en su recuperación y tuvieran previsto un plan B que implicaba a Juan Ariztimuño y el concierto del Bernabéu.
La leyenda del club de las estrellas muertas a esa edad ayudaría a crear el mito, a la vez que encubriría el asesinato entre teorías conspiranoicas absurdas.
Se aprovechaban sucesos reales entremezclados con otros fantasiosos para ocultar la verdad.
¿Podría hacer algo ella para evitarlo?
Era peliagudo demostrar aquello de lo que empezaba a estar convencida. Ni con la ayuda de Vance parecía factible llevar al banquillo a Barray, o a quienes fueran sus jefes.
Le sonó el móvil. No pensaba cogerlo, pero vio que se trataba de Carla, la mujer de Ariztimuño. ¿Le habría pasado algo a la niña?
Respondió enseguida:
—Soy la inspectora Baltanás. ¿Están ustedes bien?
Carla se sorprendió por la pregunta.
—Sí, hola, soy Carla…
—La tengo agendada. ¿Qué tal está su hija?
—Es un proceso lento, pero estamos ilusionadas. Los médicos creen que se dan las circunstancias para que el tratamiento de inmunoterapia funcione.
—No sabe lo que me alegra que al menos esto salga bien.
—El caso es que yo la llamaba… —hizo una pausa. Le costaba seguir—. He salido del hospital para hablar con usted. No quería que me oyeran.
—Dígame, Carla.
—En Estados Unidos, lo de Emcy está siendo una locura. Y ahora han anunciado una canción inédita.
—Lo he leído.
—Al enterarse, las fans se han lanzado a la calle. Ha habido agresiones, desmayos… Hay niñas que se han intentado suicidar. Y yo… me siento culpable.
Al oír esa frase, Lola contuvo la respiración.
—Creo que las dos intuimos lo que ha pasado, inspectora.
Hace cuatro meses, mi exmarido me dijo que había conocido a alguien que podía conseguir un tratamiento para nuestra hija, que era complicado, pero había posibilidades.
Y me pedía que, si salía bien, le explicara, cuando fuera mayor, que lo había hecho por amor.
Lola no se atrevía a interrumpirla, aunque se le ocurrían múltiples preguntas .
—Me dijo llorando que había sido un padre ausente. No entendí por qué estaba tan afectado, y tampoco quiso explicarse.
—Entonces ¿usted cree que admitieron a su hija a cambio de que su marido…?
—¡No lo diga, por favor!
Lola contuvo su afán por esclarecer la investigación.
—Quiero dejar claro que, si me llaman, no voy a declarar, pero quizá tenga una información que le sea de utilidad. No puedo hacer más.
—Lo entiendo.
—Juan me habló de un hombre negro con una cicatriz, me dijo que era su contacto. No sé si eso le dice algo a usted.
—Más de lo que cree, Carla.
—Me hizo jurar que no se lo diría a nadie.
Se quedaron calladas. Sin verbalizar lo sucedido, ambas entendían cómo rellenar los huecos que faltaban.
—La dejo, tengo que volver con María.
—Muchas gracias, es usted una buena persona.
Y colgaron.
Lola se apoyó en la mesa, agotada emocionalmente.