Capítulo 144
Escapó en cuanto pudo del museo, pasó por delante de la escultura de Goya sin detenerse y subió con celeridad las escaleras que daban a la calle de Felipe IV.
Vociferó al primer taxi que cruzaba como si le fuera la vida en ello y se montó casi sin que frenara.
Tenía la necesidad de llegar a casa lo antes posible y revisar su expediente académico.
Si lo que insinuaba Francisco Altares era cierto, no podía fiarse de sus méritos.
¿De verdad la Corporación la había colocado como directora del departamento de restauración?
¿Con qué propósito? ¿Sabían que cedería en la expertización del Goya?
El recorrido se le hizo eterno. La idea de que también hubieran influido en su selección para el máster del Getty Conservation Institute la volvía loca. En la fiesta del yate, Jans Timmermans le aseguró que era amigo del director y que cenaban juntos cada vez que visitaba la ciudad.
En aquella época, a Carlos lo destinaron a Los Ángeles y ella buscó una ocupación que le aportara profesionalmente para marcharse con él.
Por eso pidió el ingreso, pero no la aceptaron en primera instancia y tuvo que mandar una segunda solicitud.
Estaba borroso en su mente, habían pasado más de cinco años.
Pagó con el móvil y entró precipitada en el chalet.
Subió las escaleras, arrojó el bolso sin mirar, y fue directa al baúl situado a los pies de la cama en el que almacenaba los papeles oficiales.
Quitó las prendas que había desordenadas encima y levantó la tapa.
Allí estaban parte de los apuntes de la carrera, los diplomas, algunos trabajos…
Los sa có con prisa y los esparció por el suelo del dormitorio. Había hecho demasiados cursos.
En la calle anochecía cuando encontró la carpeta del máster con una copia del formulario de inscripción.
Miró la fecha, la había presentado en plazo.
Grapada estaba la respuesta impresa que le llegó por mail : le alababan los méritos, pero denegaban la plaza.
Se hundió al recibirla. Carlos la convenció para que pidiera una revisión.
La rellenó en la web y, a los pocos días, la llamaron por teléfono.
Le extrañó que no fuera por correo electrónico.
Una voz amable con acento estadounidense preguntó por ella. Le dieron la buena noticia, que celebraron convenientemente con una noche de pasión casi adolescente; se iban juntos a California. Todavía estaba agradecida a su chico por la insistencia.
De pronto, le sobrevino una corazonada. Recordaba que la habían contactado por el fijo, pero en la solicitud solo había adjuntado el número del móvil. Corrió a comprobarlo en la copia impresa. Así era. ¿Cómo lo habrían conseguido?
Igual estaba equivocada, habían transcurrido muchos años. Decidió llamar a Carlos. Tardó, pero cogió el teléfono. Había ruido de fondo, tal vez un bar repleto de gente.
—¿Irene?
—Hola.
Se quedó callada. No sabía si le llamaba para preguntarle sobre la época o si necesitaba escuchar una voz cercana.
—¿Estás ahí?
—Sí, perdona.
—¿Qué querías? ¿Ha pasado algo?
—Igual es una tontería, pero quería saber si te acuerdas de cuando me aceptaron en el máster de Los Ángeles.
—¿Por?
—Bueno, es que las cosas se han complicado un poco por aquí, y tenía dudas sobre mi expediente académico .
—Pensé que había ocurrido algo grave. Mira, es que estoy con mucho lío.
El ruido de vasos que chocaban y cubiertos mezclado con risas aumentaba.
—Ya, ya, sí, perdona. No tenía que haberte llamado.
—Si no es urgente, hablamos mañana. O si prefieres, mándame un mensaje con la duda concreta y te respondo cuando pueda.
—Claro; si en realidad era una tontería.
—Me alegra que estés bien.
Y colgó.
«¿Bien? Estoy de puta pena», pensó Irene congelada con el móvil en la oreja como una tonta.
«Me he acostado con un tipo que pertenece a una organización secreta que amenaza a los artistas desde hace siglos y que me ha enchufado en el museo por la cara.
Ya no me puedo fiar ni de mi propia vida. Pero estoy de puta madre. Gracias».
Se dejó caer en la cama con los papeles desperdigados por el suelo. Después de arrepentirse por haber llamado a Carlos, fue consciente de lo sola que estaba.