Capítulo 142
Todavía nerviosa, aunque con el ataque de ansiedad controlado, Irene regresó al departamento.
No le dio tiempo ni a llegar a su puesto; en su ausencia, Francisco Altares había llamado para que se presentara en su despacho.
Ella habría preferido centrarse en la tabla del Bosco y no acudir, pero no era excusa.
Fuera lo que fuera lo que tenía que decirle, sería problemático.
Desde que se acostó con Barray en el desierto, lo que sucedía era cada vez más preocupante.
El vértigo de lo incontrolable.
Francisco Altares, cariacontecido, la esperaba detrás de la mesa. Le hizo un ademán para que también se sentara. Irene cerró la puerta y le obedeció.
—Ya me han comentado que ha ido bien en Dubái.
—Eso creo —contestó Irene, que pretendía no dar detalles personales—. Nos ceden diez cuadros muy polémicos. Será una exposición con mucha repercusión mediática.
—Y tú serás la comisaria —dijo sarcástico.
Irene asintió.
—Ya veo. ¿Qué tal la persona con la que te reuniste?
—Muy educado.
Altares esperaba que ampliara la respuesta.
—Solo conocí a Jans Timmermans. Un holandés culto y muy agradable.
—Nos han pasado algunas peticiones para que impartas tu conferencia en diferentes museos.
El director había recalcado lo de «tu conferencia». Irene ya sabía por Barray que el primer viaje sería a Nueva York, pero prefirió hacerse la sorprendida. En apariencia, eran buenas noticias y, sin embargo, las palabras del director denotaban frialdad.
—¿Ya tienes preparada esa charla?
—No —reconoció—. No he tenido tiempo.
—¿Por qué vas tú y no yo?
La restauradora se quedó muda. ¿Qué quería decir con eso? Ella había dirigido el estudio técnico para certificar el cuadro, era lógico que lo transmitiera al gremio. Pero el arte era un mundo de egos. El silencio se hizo incómodo hasta que Francisco Altares se explicó:
—Tú vas a Dubái y a Nueva York y, al final, a mí me toca pasar a la posteridad como el director que encontró el nuevo Goya y al que se lo arrebataron.
—¿Eso quiere decir que va a salir del Prado?
—¿Crees que lo podemos evitar? Igual tienes más datos que yo, aunque sea el director.
Irene no respondió. Se percibía que estaba dolido y celoso.
—¿Por qué tú? ¿Qué tienes con Barray?
Esa pregunta la incomodó. ¿Sospecharía lo que había sucedido en el desierto?
—Lo conocí contigo el día que trajeron la pintura.
—Quedáis a cenar, os vais de viaje.
—Nada de eso fue decisión mía. Tú me dijiste que debía acudir a la cena y a Dubái como representante del museo.
El director tampoco estaba convencido de sus insinuaciones.
—¿No lo conocías de antes?
La restauradora negó.
—¿Y por qué quería que fueras la directora del departamento?
—¿Quién quería?
—Michel Barray.
Esa afirmación la descolocó. No tenía respuesta.
—Cuando contactaron con nosotros hace unos meses, justo teníamos que elegir sucesora para dirigir el taller, y alegaron que se iban a entender contigo y no con Carmela, que eras joven, hablabas idiomas.
El secretario de Estado también llamó al patronato del Prado para apoyar tu nombramiento y que fueras tú la que autentificase el cuadro.
—No sé de qué me hablas —dijo sincera.
Altares no la creyó.
—Entiendo, has jugado tus cartas. Todos lo hacemos. Muchas gracias, no tengo nada más que hablar contigo.