Capítulo 140
Entró dando trompicones al baño del departamento, que, por suerte, estaba vacío.
Empujó la puerta de una de las cabinas y se sentó sobre la tapa del retrete para calmarse.
El corazón se le salía del pecho, síntoma previo al ataque de ansiedad.
Reprodujo en los altavoces del teléfono un sonido relajante que le habían proporcionado en el curso de mindfulness, cerró los ojos y repitió las consignas que le habían dado sobre cómo colocar la lengua y respirar en tres tiempos.
Le costó varios minutos recuperar el aliento, encerrada a solas con el móvil. Una vez que contuvo los latidos por debajo de las cien pulsaciones, decidió contactar con Nacho. Era la única opción que le daba cierta confianza.
Buscó en Telegram el perfil del matemático y lo desbloqueó. Tardó en actualizarse unos segundos que se le hicieron interminables, en los que alguien entró en la cabina contigua. Oyó cómo orinaban. Lo prosaico se mezclaba con lo insólito.
La vida era así, caprichosa y absurda. Inmanejable.
Cuando tiraron de la cadena, le empezaron a entrar numerosos mensajes que se habían acumulado en los días en los que lo había tenido bloqueado.
No sirvieron para tranquilizarla.
«He encontrado una coincidencia. Necesito que hablemos», era el primero, enviado la misma noche en la que Barray le había ofrecido el viaje y ella estaba cabreada por la huida y el abandono en el monasterio de Casbas .
«No contestas. También te he llamado y no me has cogido. He conseguido las fotos de la autopsia de Emcy, llevaba tatuado un halo solar en el pubis».
Al leerlo, comprendió la visita de los inspectores. Dos halos solares en dos acontecimientos extraordinarios sucedidos el mismo día, el 2 de mayo.
«Creo que voy a hablar con la policía. No me van a creer, pero he contactado con un profesor de universidad que me ha contado cosas interesantes», continuaba en otro mensaje.
«Alguien me ha seguido. Entiendo que no quieras saber nada de mí, pero léeme, joder! Esto es muy grave!», era el último y más alarmante.
Irene los repasó varias veces para reconstruir los hechos recientes. Después, con las manos temblorosas, llamó al teléfono de Nacho. De inmediato, saltó la grabación de que no existía ningún usuario con ese número.
No sabía qué hacer, estaba perdida y sola. Se le ocurrió buscar el perfil de @Konspiranoic en X por si había subido más información.
No encontró la cuenta.
Era como si el matemático nunca hubiera existido.