Capítulo 139
Creía haber convencido a Clarice para que se mantuviera al margen y no contara lo que había descubierto en la radiografía.
Le garantizó que era conveniente que hiciera como si no supiera.
«Por tu seguridad», añadió críptica, y la dejó a solas para aumentar el impacto.
Había sido sincera con el consejo, a sabiendas de que podría costarle la amistad.
Y regresó a su trabajo cotidiano previo a la llegada del Goya.
Llevaba días sin avanzar en el cuadro del Bosco que restauraba, y lo echaba de menos.
Para iniciar el trabajo sobre La muerte de Clara del Rey habría de ser paciente, todavía faltaba el análisis químico del barniz y de la capa de pintura.
Agradeció coger de nuevo el pincel y centrarse en el proceso. Un óleo sobre tabla de roble, alegórico de la credulidad humana, oportuno para el momento que vivía. En él, un falso cirujano extraía una piedra de la cabeza del paciente como si así le curase la locura.
Ojalá fuera tan fácil.
La idea de contactar con la policía, que había dejado su tarjeta, la tentaba.
Pondría lo investigado en manos de expertos.
Pero ¿qué les iba a contar? ¿Que un tipo le había insinuado que extorsionaban a los artistas desde hacía cientos de años?
¿Que se había acostado con el representante de los propietarios del cuadro y que había visto que tenía un tatuaje en el culo?
No resultaba convincente.
Poco a poco, se centró en la tarea. La responsabilidad mezclada con la emoción renacía cada vez que tocaba una obra, e intervenir un Bosco suponía llegar a la cumbre.
Era una experiencia inigualable colaborar en que maravillase a los visitantes; la vulnerabilidad de la pintura, la fragilidad de cada trazo.
Eligió un pincel del cero, confeccionado con pelo de marta cibelina, y lo impregnó de un tono rosáceo para retocar las faltas de pigmento de la carnación del rostro.
El momento más delicado del proceso, devolverle la unidad sin aportar nada personal, fundirte con el artista.
No modificar la esencia, sino recuperar la verdadera identidad, con respeto.
Diluirse en el proceso le confería paz y le hacía perder la noción del tiempo. El quehacer repetitivo, el puntillismo de acuarela sobre la tabla calmaron sus temores. Una ocupación laboriosa que le despejaba la mente, preferible a cualquier curso de meditación.
Cuando sus manos planeaban lentas sobre el óleo y más feliz y relajada se sentía, una voz la sacó del ensoñamiento. Tuvieron que llamarla dos veces.
—¿Irene? —repitió Felipe Trasobares, que de pie a su lado le mostraba unos folios—. Es actual.
La restauradora no entendió a qué se refería.
—La tinta.
—¿Qué tinta?
—La muestra que me pasaste de la Biblioteca Nacional.
Le costó reaccionar, pero, al fin, temió comprender el significado de aquellas palabras.
—No se corresponde con un documento antiguo. Los han debido de engañar. ¿Quieres que les envíe el informe?
—No, gracias, yo se lo hago llegar —dijo, y le arrebató los papeles.
El químico se alejó sin darle mayor importancia.
La tinta no era antigua, pero estaba en un libro que sí lo era.
¿Se habían tomado la molestia de falsificar ese apunte en previsión de que alguien lo investigara?
No habían pensado en la tozudez de Irene.
Ya no le cabía duda: el que lo hubieran manipulado implicaba que el cuadro nunca estuvo en el monasterio.
Nacho estaba en lo cierto y la procedencia del Goya era un montaje de la Corporación.