No te fíes de ellos Capítulo 137
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Capítulo 137

El ser humano necesita encontrar respuestas que esclarezcan las relaciones personales, la ciencia o las investigaciones policiales. Por absurdo que parezca, encajar las piezas da paz.

Hablar con el ministro dimitido provocó un sentimiento contradictorio en Irene: había conseguido explicaciones que completaban lo averiguado junto a Nacho, pero maldurmió al conocer el grado de manipulación y las amenazas sufridas.

En el ascensor del museo fue consciente de que había entrado en bucle.

Revivía la llamada de Max Utiel y analizaba cuáles deberían ser los siguientes pasos, pero cuando tenía que tomar decisiones de futuro regresaba a la casilla de salida: a la conversación telefónica, la manipulación y las amenazas.

Y así.

Salió en la planta del departamento de restauración, en el que volvía a estar La muerte de Clara del Rey tras realizarle las pruebas técnicas.

Recorrió la antesala. Se oía murmullo de fondo.

Al doblar la esquina, se encontró con el equipo reunido, los habían advertido de que subía y se apresuraron a felicitarla. El químico fue el primero en hacerlo.

—Hemos sido informados de la exposición por el director. Y la verdad es que resulta asombroso que hayan podido reunir tales obras.

—No te quejarás —dijo la becaria—. Has empezado fenomenal, un Goya, una exposición deslumbrante.

—Y han llamado los de Vanity Fair, quieren hacerte un reportaje.

Irene no sabía cómo reaccionar, estaba ofuscada .

Los demás restauradores se fueron aproximando y comentaban las noticias, salvo Clarice, que permanecía apartada. Irene, abrumada, se preocupó por la frialdad de su amiga.

Fue ella la que tuvo que acercarse tras conversar con el resto, que la asaeteaba con preguntas sobre las diversas obras que formarían parte de la muestra y sobre qué se pondría para la revista.

—Tenemos que hablar —propuso la canadiense cuando se encontraron, y se alejó hacia el fondo del taller, donde estaba el Goya.

Irene la siguió sin rechistar. Se detuvieron frente al lienzo y lo observó de nuevo. Lo sucedido había velado el milagro de que la pintura existiera.

—Vino la policía —dijo Clarice para devolverla a la realidad.

—¿Cómo?

—Buscaba las radiografías del cuadro.

—¡¿Las radiografías?! ¡¿Por qué?!

—No nos lo dijeron, pero querían saber si habíamos encontrado un sello.

Irene se quedó paralizada al escucharlo, y Clarice se dio cuenta.

—Un halo solar —aclaró.

Irene bajó la cabeza, descubierta.

—¿Y qué importancia podría tener para ellos?

Clarice se encogió de hombros, no lo sabía. Era ella la que esperaba respuestas.

—Tuve que mirar en los archivos; había un halo. Lo fotografiaron y se marcharon.

Irene, que estaba situada de espaldas al taller, se giró para ver si alguien las observaba. Al comprobar que la conversación pasaba desapercibida para el resto, asintió.

—No nos lo habías comentado.

—Bueno, no tenía previsto escribir el informe hasta disparar las placas que me quedan.

—También he visto otro archivo.

Irene se temió lo peor.

—¿Qué significa eso de no te fíes de ellos?