No te fíes de ellos Capítulo 135
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Capítulo 135

—¡Ya está bien! —protestó Irene furiosa mientras caminaba sin ton ni son por el dormitorio. La luz continuaba apagada—. Si no me cuenta, no le cuento.

Max Utiel pensó la respuesta antes de hablar.

—Es que creo que cuanto menos sepa, mejor.

—Ya sé lo suficiente como para estar metida en un lío. Me debería haber advertido al principio.

Un nuevo silencio, ahora impregnado de cierta dosis de culpa.

—Era difícil valorar lo que ocurriría.

—Me debe una explicación.

—Hace… unos tres meses —comenzó tras ordenar sus ideas—, contactaron conmigo en el Ministerio de Cultura para comentarme que había aparecido una pintura que podría interesar al Prado.

No es raro que lleguen este tipo de propuestas de gente que quiere aumentar el valor de sus cuadros, o simplemente que cree que de verdad posee una obra maestra.

—Pocas veces es cierto —apuntó Irene—, a nosotros también nos llegan.

—En este caso, venía de muy arriba y los atendimos.

—Y les hablaron del posible Goya.

—Así es, aunque sonaba rarísimo. Los datos sobre la procedencia de la pintura y su autenticidad eran demasiado vagos. Y, encima, venían con ínfulas, como si fuese un mero trámite el que el Prado lo expertizara. Hasta que llegó Michel Barray.

El corazón de Irene se aceleró con tan solo oír el nombre .

—Era una persona más afable, con la que se podía hablar de arte. Aun así, yo les pedí referencias. Incluso ver el cuadro antes de que lo trajeran. Me contestaron que no, y recibí la llamada de una personalidad relevante para advertirme que acelerara el proceso. Querían una fecha concreta.

—El 2 de mayo —afirmó Irene.

—Así es; por otro lado, tenía lógica.

—Y coincidía con el concierto de Emcy —añadió Irene para sí.

—¿Qué sabe usted de eso?

—Nada —mintió—, lo digo porque es el día en que me telefoneó usted por primera vez, y me permitió salir a tiempo del estadio. No se lo he agradecido.

—Un horror. Al final, fallecieron dos chicas.

Hubo un momento de duelo, que rompió el exministro.

—El caso es que no me gustó que me presionaran, así que les requerí para que siguieran el procedimiento establecido, que hablaran con el Museo del Prado, y los advertí de que se harían las pruebas pertinentes.

Barray lo asumió, pero me puentearon y negociaron con el secretario de Estado, hasta que propuse llevar el tema al Consejo de Ministros.

Quizá medí mal mi influencia, porque ahí fue cuando me obligaron a dimitir.

—La misma noche en la que me llamó al concierto.

—Los acontecimientos se precipitaron, ya habían decidido llevar el cuadro al museo sin mi consentimiento, y amenacé con hacer público el asunto.

—Cuando fui a verlo a la mañana siguiente ya no estaba. Encontré a las funcionarias muy nerviosas.

—No voy a entrar en detalles, pero fueron convincentes conmigo.

—¿Y ahora?

—He preferido no salir a la luz hasta tener claro el entramado que hay detrás de esta organización.

—¿Y lo tiene claro?

—Lo suficiente .

—¿Y por qué no va a la policía?

—Lo haré en cuanto consiga las pruebas que necesito, si no, no me van a creer. Pero antes me gustaría verla a usted. Podremos intercambiar datos.

—Pues no sé…

—Como dice usted, ya sabe demasiado.

Irene comprendió que tenía razón.

—La tengo que dejar. Mire, instálese un programa de mensajería que se llama Signal, es indetectable. A partir de ahora, solo nos comunicaremos por ahí. Necesito que nos encontremos y que me diga si algunos documentos que voy a enseñarle tienen sentido para usted.

—Me los podría enviar.

—Créame que no le conviene tenerlos. Contactaré con usted en breve.

Y colgó.