Capítulo 134
Frente a dos cervezas, la del estadounidense, doble, y unos nachos infestados de queso, Vance y Lola se tanteaban.
—¿Y bien? —preguntó la inspectora tras dar un buen sorbo y limpiarse los labios de espuma con una servilleta de papel.
—Lo primero no te va a gustar.
—Dispara.
—Te vi salir antes de ayer del tablao flamenco.
—¡¿Me espías?!
—A ver, soy del FBI y estoy en España. ¡¿Qué cojones imaginas que hago?!
—¡¿Y qué esperabas encontrar?!
Vance acercó la cara y bajó el tono.
—Quiero estar seguro de que me puedo fiar de ti.
—¿Y yo de ti, después de que me amenazaras?
—Te advertí, no te amenacé.
—No te veo capaz de tanta sutileza.
—Te sorprenderías —respondió recuperando la cordialidad—. ¿Quién era la persona con la que te encontraste?
—No me vi con nadie.
—Vamos, inspectora, salió a los pocos segundos con la cara oculta bajo la capucha .
Lola se mantuvo en silencio. No iba a ceder tan fácil.
—Y es bueno, el tipo —prosiguió Vance—, me dio esquinazo.
—No tengo nada que decir. Creo que aquí acaba la conversación.
Lola bebió un sorbo y fue a levantarse.
—Espera. No tenía por qué reconocerte que te seguía, no me detectaste.
En eso tenía razón. Iba tan preocupada por su hija al llegar y después por la nueva información que le había proporcionado Capuchitas que no prestó la atención debida.
—Ya sabes que el embajador era amigo personal de la familia.
—Lo era cuando empezó la investigación, ¿qué ha cambiado?
—Las cosas no están siendo fáciles. Hay presiones.
—Supongo. Nada relevante para un soldado que ha estado en zonas de conflicto y ha comido alacranes, ¿no?
A Vance le gustaba que la inspectora se revolviese con furia.
—James Stein es dispuesto a arriesgarse y ayudarnos.
—¿Ayudarnos?
—Se supone que tú y yo colaboramos —aclaró Vance.
—Aquello de rascar la espalda se ha convertido en «te apuñalo».
—Eres divertida. En otra circunstancia nos podríamos entender.
—No te pases un pelo por muy FBI que seas, cariño, o te arranco la cabeza.
Vance hizo una señal que indicaba paz, cogió un puñado de tortillas de maíz crujientes y se lo llevó a la boca. No era agradable verlo comer. Bueno, no era agradable y punto. Sin matices.
—¿Tienes algo de interés o solo querías una cita?
—Algo tengo, sí.
Vance la miró con esos ojillos pequeños y vivos rodeados de grandes mofletes.
—Vamos por partes.
—Como dijo Jack el Destripador —completó Lola.
Vance sonrió y sacó su teléfono, que tenía la funda vieja y la pantalla resquebrajada .
—Lo dice siempre un compañero de la UDEV. Haríais buenas migas.
El estadounidense le mostró una imagen que tenía preparada de antemano.
—El famoso chófer —lo reconoció la inspectora.
—Denzel Owens, cuarenta y tres años, de Minnesota. Tiene antecedentes por atraco a mano armada a varios bancos…, hace más de veinte, cuando era un chaval. Tuvo una condena larga que no cumplió.
—No me digas más, está rodeado de misterio.
—Desde entonces, no hay nada, ningún trabajo conocido, ni una dirección estable, ni número de la seguridad social. Sabemos que entró en España hace un mes.
—¿Y sigue?
—Según nuestras informaciones, sí, aunque en paralelo desconocido.
—Paradero —lo corrigió.
—Eso. Paradero —repitió con dificultad, y cogió otro puñado de nachos para premiarse.
—Podemos emitir una orden de búsqueda y captura.
—Con la famosa jueza.
—La misma.
—OK —aceptó Vance—. Agitemos el avispero, que se dice.
—¡Agitémoslo!
Lola dio otro gran sorbo al vaso de tubo y dio por zanjada la reunión informal.
—Deberías pagar tú, te has comido el noventa por ciento de los nachos.
—Yo invito, pero no te vayas.
—¿Aún hay más? Eres una caja de sorpresas.
Vance se puso serio y volvió a trastear en el teléfono mientras la inspectora se sentaba de nuevo. Le mostró un vídeo. Era una cámara oculta que seguía por la calle a un hombre según avanzaba. Llegaba hasta un coche del que salía el tal Denzel Owens, vestido de oscuro, como acostumbraba.
—¿Lo habéis grabado?
—Sí, conseguimos localizarlo, pero nos despistó y no hemos vuelto a dar con su paradero —dijo, orgulloso de la pronunciación—. Wait .
El conductor le daba un sobre al hombre, que lo guardaba y se giraba para marcharse. Al hacerlo, se aproximaba a cámara sin darse cuenta de que lo estaban registrando. Según ganaba foco, el rostro se hacía más definido.
Lola se quedó helada: era el inspector Campos.