No te fíes de ellos Capítulo 133
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Capítulo 133

El vehículo la dejó a la puerta del pequeño chalet de dos plantas. El chófer, antipático pero solícito, le bajó las maletas y se las colocó frente a la verja.

—¿Necesita que se las suba? —preguntó en inglés.

Solo le faltaba que pasara con ella. No le apetecía cargar, pero la alternativa la desasosegaba más.

—No, muchísimas gracias.

El conductor ni siquiera esperó a que terminase la frase, se subió al coche y arrancó sin demora.

Irene miró hacia la esquina en la que otras veces se había ocultado Nacho, pero no vio a nadie.

Cogió las llaves, que había preparado mientras llegaban, y entró con prisa.

Tuvo que hacer dos viajes para meter el equipaje completo y lo depositó en el vestíbulo.

Se fijó en que las plantas necesitaban agua, aunque lo pospuso hasta la mañana siguiente.

No tenía ánimo. Eligió la mochila en la que llevaba el neceser, el cargador y los artículos de primera necesidad, y fue al piso superior encendiendo las luces que encontraba a su paso. No quería toparse con una sorpresa.

Al llegar arriba, el corazón le latía fuerte. No por el esfuerzo, sino por la tensión que había vivido y que ahora, a solas en su hogar, le rebosaba por los poros.

Fue consciente de lo atemorizada que estaba.

Habría agradecido que Carlos estuviera allí, aunque fuera para regañarla por el viaje y por regresar tan tarde sin avisar.

A él le enfurecería saber que se había acostado con Barray a las primeras de cambio.

¿Se arrepentía? Era libre desde que él le había asegurado que no volvería de Londres y que debían decidir sobre la casa compartida .

Más que culpabilidad era indefensión, sentía que jugaban con ella.

Se detuvo antes de entrar en el dormitorio.

No encendió la luz, se conformó con la que provenía de la farola situada enfrente, en la calle.

Se acercó a la ventana y se asomó con precaución a través de los visillos: una persona caminaba por la acera; vestía de oscuro y llevaba la cabeza gacha. Cualquier indicio la hacía sospechar.

Pasó de largo y se perdió por la esquina contraria.

No había nadie más a la vista. Permaneció así algunos minutos con la respiración contenida. Cuando se hubo asegurado de que no la vigilaban, cogió el móvil y, todavía a oscuras, llamó a Max Utiel, que respondió al instante.

—Soy Irene Llamas, ¿qué quería?