Capítulo 132
Al despedirse en la terminal privada, la mano de Barray le resultó fría como la tarde en la que se conocieron.
—El chófer te acercará a casa.
—Gracias.
—Te llamo en un par de días y cenamos, ¿OK?
—Por supuesto.
Barray la besó en la mejilla y salió primero. Irene se quedó a solas con el conductor de raza negra que la había llevado. Dejó que cargase con las maletas hasta el aparcamiento, estaba agotada, y se introdujo en el transporte sin decir nada.
Era completamente de noche cuando arrancaron y salieron del aeropuerto de Madrid-Barajas.
Habían pasado algo más de dos semanas desde aquel primer encuentro con Barray; sin embargo, su vida había dado varios giros inesperados.
Era como si hubieran transcurrido años desde la aparición del cuadro, también del descubrimiento del mensaje «NO TE FÍES DE ELLOS», la conversación con Nacho en la que le había nombrado por primera vez a la Corporación o la espantada de Carlos a Londres.
Incluso le resultaba lejana la noche de pasión en el desierto.
Desde la cena en el Club Financiero había sentido atracción por el francés, algo que no era frecuente en su manera de ser, conservadora para las relaciones.
Se habían sumado demasiados factores. No podía negar que el avión privado, el hotel excesivo, la fiesta del yate, el Leonardo da Vinci colgado como si tal cosa, la conversación tan halagadora con el holandés y la jaima en el desierto la habían seducido .
¿Formaría todo parte de un plan para embaucarla?
Si fuera así, había caído como un cervatillo ante un depredador experimentado.
Pero también podía ser que los sentimientos de Barray fueran reales.
Desde luego, lo parecían. Ella se percibía más guapa desde la separación, más segura de sí misma.
No en balde, era una restauradora de renombre y una mujer joven y con encanto.
¿Por qué no iba a gustarle de verdad?
¿Pecaba de ingenua?
El móvil le vibró. Le costó encontrarlo en el bolso, estaba desordenado y ella, confusa. En la pantalla, el nombre del exministro, al que no había atendido en las últimas llamadas. Descolgó, necesitaba información y era el único que podía proporcionársela.
—Hola.
—Ha estado usted fuera, ¿verdad?
—Sí… —respondió cohibida por lo directo de la afirmación.
—¿Ha ido con Barray? ¿A quién le han presentado?
Irene miró hacia delante; el chófer la observaba desde el retrovisor. Recuperó la calma y habló con naturalidad.
—¡Mamá, mamá! —repitió para detener el aluvión de preguntas—. Ya estoy de vuelta de Dubái. Cuando llegue a casa te llamo, ¿te viene bien?
—Espero su llamada —dijo Max Utiel y colgó.
Los ojos del chófer la intimidaron, aunque había estado convincente.
—Las madres, ya sabe cómo son —se justificó en inglés.