No te fíes de ellos Capítulo 131
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Capítulo 131

La jornada había sido larga y sin avances significativos, pese a la entrevista con Yolanda Cano. Los inspectores salían cansados de la UDEV, cada uno hacia sus respectivos vehículos. La tarde se había destemplado y soplaba un viento desagradable.

—Voy a olvidar el comentario que has hecho antes sobre mi hija, estamos nerviosos.

—Perdona, es que este caso tiene implicaciones diferentes a la mayoría. Me siento como si nos observasen continuamente.

—Para ser policía hay que tener las espaldas anchas, pensé que lo sabías.

Campos bajó la cabeza y aceptó la reprimenda.

—He pedido un informe sobre esa tal Irene Llamas. La ministra dijo que la había nombrado hace poco. Demasiado preparado, ¿no te parece?

El inspector asintió sin entusiasmo.

—Nueva ministra, nueva directora de restauración, nuevo cuadro. Y en pocos días. Se nos acumula el trabajo, seguimos sin aclararnos sobre Emcy. A veces, pienso en solicitar más inspectores, pero creo que es preferible que llevemos la investigación entre unos pocos. No quiero que haya filtraciones.

—Lógico —respondió Campos mientras llegaba a su coche y entraba.

Se había generado mal rollo entre ellos, la primera vez que ocurría en los más de tres años que hacía que colaboraban.

Lola lo vio alejarse, a lo mejor no era tan buen discípulo como hubiera deseado.

La nueva generación se implicaba menos, daban más importancia a la vida personal y tampoco podía echárselo en cara.

La profesión era desagradecida. Y también los superiores.

O tenías convicciones firmes o, en pocos años, nacía la tentación de ser funcionario a la espera de acumular trienios.

Se dio cuenta de que paseaba sin destino por el aparcamiento.

No recordaba dónde había dejado el coche y tuvo que accionar la llave para que pitara.

A ese tipo de despiste lo llamaban «cabeza de chorlito».

Ya le había sucedido en los primeros meses de maternidad.

No le gustaba la sensación, le generaba inseguridad.

A la tercera, las luces del automóvil se encendieron dos veces para anunciar su posición.

Cuando Lola enfiló su calle en el barrio de Hortaleza, observó una sombra en la entrada del portal.

Aparcó en un vado y apagó las luces. No la habían visto detenerse.

Sacó el arma, la amartilló, se apeó del coche con sigilo y mantuvo la pistola baja mientras se aproximaba escondida entre los vehículos.

Cuando estaba a punto de llegar a la sombra, esta se percató de su presencia.

—Buenas noches, inspectora.

Etham Vance vestía de oscuro y prácticamente ocupaba la acera con su corpachón. Lola ocultó la pistola detrás de la pierna, pero no la guardó.

—No te va a hacer falta —dijo, consciente de la situación.

—¡¿Qué cojones quieres ahora?! ¡¿Vas a amenazarme otra vez?!

—Sería bueno que hablásemos.