Capítulo 130
Habían cambiado las circunstancias personales y profesionales durante el viaje a Dubái, y la vuelta no resultaba tan ilusionante como la ida.
Irene, desasosegada tras el descubrimiento del tatuaje, fingía que dormitaba en uno de los confortables asientos del avión privado.
Sin ser consciente, imitaba la postura de la mujer vestida de naranja pintada por lord Frederic Leighton.
Pretendía evitar cualquier conversación con su ¿nuevo amante?
Mientras surcaban el Mediterráneo oriental, unas repentinas turbulencias la sobresaltaron.
Al abrir los ojos se encontró de frente a Michel Barray, que la observaba.
—¿Asustada?
Era como si le leyera los pensamientos, pero no con respecto a la inestabilidad del aeroplano, sino por algo más profundo y peligroso.
—Un poco —dijo para justificar su evidente nerviosismo.
—No te preocupes, es normal. Estos aparatos son más pequeños, pero tan seguros o más que los regulares. Yo he sufrido tormentas más fuertes y te garantizo que no hay por qué temer —dijo tras ponerle la mano en la rodilla para tranquilizarla.
Irene le dio la suya, aunque la retiró enseguida. Trataba de naturalizar la situación y que no se notaran las sospechas que albergaba tras descubrir el tatuaje del halo solar con el mismo diseño que el del cuadro de Goya.
Tampoco estaba claro el significado .
¿Quería decir que ambos pertenecían a la misma organización?
Nada que no hubiera debatido con Nacho y que su mente no hubiese enterrado con el curso de los acontecimientos, tal vez cegada por los halagos y las promesas de viajes y éxito.
—Tenemos que ir juntos al monasterio de Huesca donde encontramos el Goya —propuso Barray.
Un nuevo golpe para el ánimo de Irene. ¿Por qué decía eso? ¿Era sincero o la estaba probando? ¿Sabía que lo habían allanado?
Le costó reaccionar.
—Me encantaría ir contigo —respondió al fin. Pensó en que se le había notado la culpabilidad.
—Es un lugar con muchísimo encanto, a pesar de estar abandonado. Tiene una iglesia de cruz latina con portada románica. Pero lo que más me gusta es el claustro cisterciense del siglo XV . Y la cantidad de pequeñas habitaciones y rincones increíbles.
—No conozco la zona —se aventuró a mentir.
Barray tardó en continuar más de lo esperado, pero Irene mantuvo el tipo.
—Los nuevos dueños pensaban construir un hotel, pero con el proceso de la expertización del Goya el tema ha quedado parado, de momento.
Eso explicaría que no hubiera obreros en el pueblo de Casbas. ¿O lo diría para justificarse? Era imposible saberlo.
—Fijemos un fin de semana.
—Claro —respondió Irene con aparente entusiasmo—. Cuando llegue al museo consulto la agenda.
—Tenemos ya la propuesta del viaje a Nueva York. La primera semana de julio. Podemos quedarnos unos días.
Irene asentía a las invitaciones, sin asimilarlas. Barray daba por hecho que lo de la noche anterior no había sido un simple encuentro apasionado, sino que significaba una incipiente relación.
—Podemos recorrer los lugares en los que se movió Basquiat.
—Me encantaría .
Barray volvió a tomar la mano de Irene y la besó. Un escalofrío recorrió la columna de la restauradora, destemplada. Antes de que hablaran, el móvil del francés vibró en la mesa que tenía enfrente: Yolanda Cano.
Irene hizo como si no le prestara atención y Barray se levantó para cogerlo.
—Perdona —dijo, y descolgó.
Le debieron de decir algo importante porque se despidió con un gesto y se encerró en el dormitorio del fondo.
La restauradora dudó qué hacer. Estaba sola en la cabina, la azafata descansaba tras las cortinas que separaban al personal de los viajeros. Se levantó y se acercó a la puerta para escuchar retazos de la conversación.
—¡¿Ha ido la policía?! —dijo Barray, opacado por el tabique de fibra de vidrio que los separaba—. ¿Qué querían?
Después, silencio. La explicación de la ministra fue extensa. Barray caminaba enjaulado en el pequeño dormitorio. Los pasos resonaban tan graves como la voz.
—¿Necesitas que nosotros hagamos algo?
Tras esa nueva respuesta, a Irene le dio la impresión de que se despedían. Se apresuró a regresar al asiento y se recostó como si pretendiera volver a dormir. Se abrió la puerta; el francés estaba serio.
—Descansa, ma chérie. Nos esperan muchas emociones juntos.