No te fíes de ellos Capítulo 129
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Capítulo 129

Tal vez Lola no entró con la tranquilidad de ánimo requerida para hablar con una autoridad como lo era la ministra.

El despacho era grande y abigarrado, presidido por dos banderas de España y la Unión Europea que acompañaban a un retrato del rey emérito junto a fotografías de Cristina García Rodero, Javier Vallhonrat y varios carteles de cine español antiguo.

Yolanda Cano los aguardaba de pie mientras metía sus pertenencias en un bolso grande de una conocida marca, como si recogiera para irse.

O, más bien, a ojos de Lola, para escapar.

—Tengo un acto en el Instituto Cervantes —explicó sin atender a los recién llegados.

—Seguro que no empezarán sin usted —contestó impertinente la inspectora.

La ministra interrumpió su actividad, furiosa por dentro pero con una amplia sonrisa en el rostro.

—Son las ventajas de ser ministra, si una no está de acuerdo, no suceden las cosas —añadió Lola.

—¿Inspectora…?

—Baltanás, del grupo 14 de la UDEV. Él es el inspector Campos. Está empeñado en que hablemos con usted sin falta.

Campos sintió una punzada de rabia, pero no rechistó.

—Los mismos que visitaron ayer el museo.

—Así es —confirmó Lola—. ¿Le han hablado de nosotros?

—¿Qué querían?

—Michel Barray.

—¿Quién?

—Michel Barray. Sabemos que tiene relación con el cuadro de Goya que han llevado al Prado.

—Ah, el señor Barray, no le había entendido.

Yolanda Cano, firme, abrió las manos para pedir que se explicase.

—Queremos saber quién es, para quién trabaja.

—Bueno, no puedo decirles mucho. Supongo que ya saben que representa a los actuales dueños del Goya.

—¿Y son?

—Unos amantes del arte que prefieren mantenerse en el anonimato.

—¿Y usted no quiere saber su identidad?

—Lo importante era comprobar que fuera auténtico.

—¿Qué relación tiene con Barray?

—Prácticamente ninguna, me lo presentaron el día de la rueda de prensa. Como sabrán, yo acababa de incorporarme al cargo. La negociación de la obra la llevó el anterior ministro, Max Utiel.

—¿Y dónde está desde que dimitió?

—La prensa dice que tuvo un problema personal. No sé más, no he tenido ocasión de conocerlo. Los investigadores son ustedes. Aunque no entiendo exactamente qué hacen aquí. Si no me dicen qué necesitan saber, no los voy a poder ayudar.

—Comprenderá que no desvelemos los detalles.

—Siendo así… —Yolanda Cano dio por terminada la conversación, y salió de detrás de la mesa de cristal en forma de L para dirigirse hacia la salida—. Si les surge cualquier otra duda, pueden contactar con mi jefa de gabinete y ella…

—Irene Llamas —la interrumpió Lola antes de que alcanzara la puerta—. La restauradora —se apresuró a aclarar.

—Ya, sé perfectamente quién es. —El tono había cambiado a otro menos cordial—. Una estupenda profesional. El Museo del Prado la nombró hace poco directora del departamento. Ella autentificó el cuadro. Se ha dejado la decisión en manos de expertos, como debe ser .

—Eso los honra, sin duda. ¿Y qué relación tiene ella con Barray?

—Estrictamente de trabajo.

—¿Y qué hacen ahora juntos en Dubái?

Yolanda Cano, que había abierto la puerta del despacho, se detuvo y sonrió.

—Nada sospechoso, inspectora…

—Baltanás.

—Eso, Baltanás, me gusta recordar los nombres. Han ido a cerrar un acuerdo entre el Museo del Prado y unos mecenas para una fantástica exposición. Y si me perdonan…

Les indicó el camino del vestíbulo. Campos obedeció, pero Lola se quedó plantada.

—Comprenderá que no puedo dejarlos a solas en mi despacho. Está lleno de secretos de Estado —dijo con sarcasmo.