No te fíes de ellos Capítulo 128
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Capítulo 128

Los inspectores Baltanás y Campos aguardaban en la antesala del despacho de la ministra de Cultura, Yolanda Cano, en los mismos asientos del pasillo amplio con mesas y bedeles en los que Irene había esperado para ser recibida por Max Utiel, algo que no sucedió.

Los había recogido a la salida del ascensor la misma funcionaria tan poco expresiva como entonces.

Una hora después, la inspectora se subía por las paredes.

—¿No deberíamos haberlo consultado con la jueza? —preguntó Campos, incómodo.

—A su debido tiempo. No hemos acusado a nadie de nada.

—El inspector resopló—. Queda claro que este Barray se mueve en las altas esferas.

He consultado Internet y el nuevo Goya podría venderse por más de quinientos millones de euros.

Como comprenderás, no lo va a comprar un matao, tiene contactos.

Aquí, cada cual va a rascar algo, te lo digo yo, como si no conociéramos a los políticos.

Y la restauradora esa también se llevará un pico, no lo dudes.

—Entonces, ¿tú crees que el cuadro no es auténtico y que están compinchados?

—Es una posibilidad —reconoció Lola—. ¿Desde cuándo se conocen? ¿Qué hacen juntos en Dubái?

—No tenemos datos.

—Y si es de verdad un Goya, cosa que sabrá Irene Llamas, la teoría de que llevan siglos robando a los artistas podría ser cierta.

Esa suposición todavía le gustaba menos a su compañero.

—Igual no deberíamos haber venido —dijo, y se levantó para estirar las piernas, aunque pareció un ademán que invitaba a que se marcharan.

—De aquí no me muevo en tres días, si hace falta. Me traigo hasta el orinal y las compresas.

—Nos arriesgamos demasiado. ¡Una ministra!

No pretendía llamar la atención, pero había levantado la voz y uno de los bedeles se giró hacia ellos.

—Un cargo que pagamos tú y yo y que está al servicio de los ciudadanos —respondió la inspectora.

—Ya…

—A ver, el anterior ministro desaparece por arte de magia el día en que llega el cuadro al museo. Ponen a esta tía, que no es experta en cultura, sino que tiene contactos empresariales. Y seguro que también conoce a ese tal Barray. Algo nos podrá contar sobre él, digo yo.

—¿A ti y a mí?

—A ti y a mí no. A lo que nosotros representamos. ¿Qué os enseñan en la academia?

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué te hiciste policía?

Campos sintió pereza de responder a una pregunta profunda tan de mañana. Optó por encogerse de hombros.

—Será por la puta menopausia, pero a mí me gustaría pensar que hacemos que el mundo sea un poquito más justo.

Un poquito tan solo —subrayó—. Y si matan a alguien por el puto morro, pues encontramos al culpable y lo ponemos a disposición judicial.

Lo que pase después, si tienen influencias o si compran al juez, no es asunto nuestro. Ese marrón que se lo coma otro.

—Ya, muy bien, pero ¿qué te jugarías para conseguirlo?

—No te entiendo.

—Esta gente tiene poder, ya oíste al capullo de Vance. —Bajó la voz—: ¿Te jugarías la carrera?

—Ni me planteo esas cosas.

—¿Te jugarías el bienestar de tu hija ?

—¿Qué hostias quieres decir con eso?

A Lola, el que le mencionasen a Manuela la sacaba de sus casillas. Más, después de haber sido utilizada por Nacho como vehículo para contactarla.

—¡¿Qué hostias quieres decir con eso, Miguel?! —preguntó llamándolo por su nombre.

La funcionaria que los había recibido se acercó igual de seca.

—La ministra los atenderá ahora, pero solo tiene cinco minutos para ustedes.

—Eso ya lo veremos —respondió Lola, y echó a andar hacia el despacho sin que le mostraran el camino.