No te fíes de ellos Capítulo 127
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Capítulo 127

La despertó el gruñido lejano de un camello.

Al abrir los ojos, un rayo de sol se filtraba por la rendija de la jaima y marcaba el polvo de la arena del desierto en suspensión. Absorta, miraba cómo se mecían las partículas en el aire, con parsimonia. El tiempo se ralentizaba.

Y resultaba agradable. Acogedor.

Habían dormido poco y, a pesar de eso, estaba pletórica por el recuerdo del final de la cena, el primer beso sin vuelta atrás, quitarse la ropa en la penumbra de la tienda, las manos fuertes de Barray que le acariciaban el pecho, el vientre; la vergüenza sentida cuando bajó hasta el sexo, que se esfumó al rozarlo con la lengua.

A partir de ese instante: respiraciones entrecortadas, caricias suaves que dieron paso a otras más fogosas, acometidas de los torsos que se deseaban y estallido de pasión compartida.

Y quedarse dormida en sus brazos, algo que le solía resultar incómodo.

Estaba desnuda, pero no sentía frío, el edredón mantenía el calor de la noche.

Se removió en la cama y descubrió a su amante, que cruzaba hacia la palangana con agua que había en una esquina de la jaima para lavarse la cara y despejarse.

Lo observó satisfecha a través de la mosquitera; el pelo suelto, la piel clara, los músculos definidos, sin un ápice de grasa ni de vello.

Se fijó en los glúteos, fuertes y marcados.

Llevaba un tatuaje que no había apreciado la noche anterior.

Fijó la vista con curiosidad y lo que vio la dejó paralizada.

Un halo solar como el del cuadro de Goya.

En ese momento, Barray se giró mostrando su desnudez.

—¿Todo bien, ma chérie ?