No te fíes de ellos Capítulo 122
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Capítulo 122

Se agradecía que hubiera refrescado. El sol se escondía tras las dunas mientras Irene y Barray cenaban a la luz de las antorchas, servidos por un beduino. Se movía con una agilidad que contrastaba con las arrugas que marcaban su rostro. Vestía túnica y turbante blancos y limpios.

A unos metros, un rebaño de camellos descansaba ajeno a la belleza del paisaje. Un joven les daba de comer.

Los habían recibido con agua de rosas para que se limpiasen las manos, té aromático y dátiles para reponer la energía. Después, les habían servido los aperitivos tradicionales de hummus, falafel y empanadas crujientes rellenas de verdura, regados con leche de camella.

El beduino se acercó para partir el cordero.

—El quzi se sazona con especias y se envuelve en hojas de palma antes de enterrarlo en la arena y cocinarlo bajo las brasas de carbón —explicó en inglés con acento del desierto.

—Se deja durante veinticuatro horas —añadió Barray.

Las sensaciones eran intensas: el olor a brasas, a carne asada y una brisa que semejaba el canto lejano de una mujer. El beduino notó que Irene escuchaba absorta.

—Son las voces de los antepasados —dijo tras servirle—. Nos recuerdan que debemos ser hospitalarios con nuestros visitantes. El que oye el canto del desierto y cierra su tienda pierde la bendición de su tribu —recitó.

Irene sonrió agradecida.

—¿Siempre ha vivido en Al Marmoom? —preguntó en inglés.

El beduino asintió .

—Es un clima duro, pero me gusta. Aquí nací y aquí moriré. He sido pastor desde niño.

—Una vida.

—Ni siquiera sé mi edad.

—No es necesario que se contabilice —dijo Irene—. Lo importante es el día a día.

—En una ocasión visité la ciudad para solucionar papeles. No me gustó lo que vi, así que no he vuelto.

—Ya me imagino, la gente con estrés, atascos…

—Vosotros tenéis reloj, nosotros, tiempo. Allí personas insatisfechas, muchas quejas. No soportan la vida. Aquí preparamos el té o el quzi y dejamos que se haga. Sin prisa.

Miró alrededor. El sol descendía lento, como si el último rayo no quisiera marcharse. La paz era incomparable.

—Recibimos a muy poca gente. Michel es un buen amigo.

Hizo un leve saludo y se alejó. Irene se volvió hacia el francés, que repetía el gesto del beduino.

—¿Pasas temporadas aquí?

—Vengo dos veces al año y me quedo, al menos, quince días. Te encuentras a ti mismo y te limpias. Hay armonía.

Se miraron, el beduino y el chico habían desaparecido. También el vehículo que los había traído. Estaban solos, el sol se había ocultado y el fuego de las antorchas los iluminaba. La melodía del viento los incitaba a sentirse libres.

Irene le tocó la cara, abrió los labios y los juntó con los del francés, al principio con dulzura, para después abandonarse a un arrebato que hacía tiempo no sentía.