Capítulo 123
En Madrid todavía no había anochecido.
Lola trabajaba desde hacía rato en el ordenador con la imagen y el nombre de Michel Barray, pero no había encontrado nada en Internet.
Ni siquiera salía en las fotos de la rueda de prensa en la que se anunció la autenticidad del Goya.
Sí estaban en la mesa el director del Prado, la ministra y, según decían los pies de foto, la joven morena no era otra que Irene Llamas, la directora del departamento.
Amplió el retrato de la restauradora. Era una chica de apariencia normal, atractiva a pesar de esconderse tras las gafas y la pinta de empollona, pero no daba la sensación de ser peligrosa ni clave en la investigación.
Campos entró en el despacho y le mostró una hoja de papel.
—Ese tal Barray no tiene antecedentes en España y tampoco en Europol.
—No hay fotos, salvo esta que me han pasado. Los pelirrojos me dan mal rollo.
—Si no hay nada, no puede ser tan importante.
Lola no estaba de acuerdo y lo hizo saber.
—La gente que consigue permanecer en la sombra es más peligrosa. El caso es que su cara me suena.
Campos se acercó y miró la pantalla del ordenador, en la que estaba el semblante del sospechoso.
—No le he visto en mi vida. No sé cómo es de confiable esa fuente que tienes y de la que no me hablas.
—Bueno, acertó con lo del sello .
—¿Y no podíamos quedar con esa persona y que fuese más clara en vez de mandar mensajitos?
—Compartíamos un chat, pero envió este mensaje y borró la cuenta. También me mandó un vídeo de TikTok de cuando llevaron el Goya al Museo del Prado. Por lo visto, montaron un dispositivo muy bestia. Lo he comprobado: cortaron medio paseo del Prado para que cruzara el convoy de seguridad.
Lola le dio al play, se veía cómo llegaban al museo y el zoom a la ventanilla del camión blindado en el que viajaba Barray. No se apreciaba con mucha claridad; el pelo, una vez más, lo delataba.
—No se ve —protestó Campos, que estaba más peleón de lo que era habitual en él.
Lola lo pausó y lo amplió al máximo, aunque perdiese definición.
—Espera —dijo.
—¿Qué ocurre?
—Ya sé a quién me recuerda.
Lola cerró el archivo y buscó otro en el móvil clonado de la víctima.
Lo encontró bajo la mirada ansiosa de su compañero y avanzó hasta el minuto final: Emcy caminaba con un vestido vaporoso entre las tumbas del cementerio parisino en el que descansaba Morrison mientras cantaba la balada.
De pronto, la cámara hacía un extraño y mostraba una figura en los panteones de detrás.
Lola lo detuvo y aumentó la imagen, que, en esta ocasión, sí tenía calidad.
No había duda, la figura del fondo era Michel Barray.