Capítulo 121
El cuatro por cuatro blanco salió de la carretera asfaltada y se internó por la dorada arena del desierto con destino a Al Marmoom, una reserva natural a cincuenta minutos de la capital, más auténtica que otras, repletas de excursiones turísticas.
Para sorpresa de la propia Irene, el camino zigzagueante a través de las dunas no se le hizo pesado.
Sin marearse, y agarrada a las barras del techo, disfrutó de la conducción del chófer beduino mientras subían y bajaban por las colinas a una velocidad considerable.
De vez en cuando, el bamboleo hacía que Barray se aproximase y percibía el aroma de su loción de afeitar.
Le encantaba.
En un ascenso empinado, el coche se inclinó hacia su acompañante e Irene se deslizó, sin que el cinturón de seguridad se lo impidiera, hasta Barray, que la recibió cogiéndola de la mano.
La notó cálida, con aplomo. Daba seguridad.
No en el desplazamiento, en la vida. Prefirió no mirarlo y tan solo perderse en el instante, disfrutar de la emoción compartida.
El vehículo aminoró la marcha y el conductor explicó algo en un inglés que a ella le costó entender.
Barray le señaló la ventanilla: un rebaño de órix cruzaba tranquilo entre arbustos leñosos.
Los antílopes de tamaño considerable, cuernos largos y anillados y pelaje claro con una raya negra en el flanco, caminaban arrogantes.
El cuerpo era ágil y musculoso, como Irene imaginaba a su acompañante.
—Son animales de carácter —dijo Barray—, difíciles de cazar para cualquier depredador .
—También a ti te gusta la gente con carácter.
Michel Barray la miró con profundidad.
—No lo dudes.
Cuando por fin alcanzaron el campamento, consistía en apenas tres tiendas en lo alto de una gigantesca duna de arena fina. El sol comenzaba a descender y prometía un atardecer mágico.
Se encontraban en mitad de la nada.
Tras bajarse del cuatro por cuatro, Barray se dirigió hacia la jaima más grande seguido por Irene, emocionada por la experiencia.
Si el exterior era sobrio, por dentro destilaba lujo exótico, amplitud y buen gusto, con el suelo cubierto de alfombras árabes, artesanía beduina y una gran cama central con mosquitero que velaba el interior y prometía sensualidad.
—Nuestra tienda, si tú quieres —propuso Barray.
Irene sonrió ilusionada y pícara. Y asintió.
La estancia le recordaba a un grabado de Rembrandt de mediados del XVII que escandalizó a sus contemporáneos.
En él, una pareja hacía el amor en un colchón, semiocultos tras unos cortinones.
El tema no era ambiguo ni idealizaba a unos dioses desnudos e imaginarios.
Una obra arriesgada, íntima y apasionada, como el viaje que había emprendido y que no sabía si tendría vuelta atrás.