Capítulo 116
—No responde. —Clarice colgó la llamada cuando saltó el buzón de voz, agobiada por la presencia de la policía en el taller de restauración.
La irrupción de los inspectores Baltanás y Campos los había alarmado. Demasiados sucesos en las últimas semanas para unos funcionarios que acostumbraban a llevar una vida sin sobresaltos.
Clarice se los había topado de frente a la salida del ascensor y le preguntaron si estaba allí el nuevo cuadro de Goya. La fotógrafa titubeó antes de responder.
—No pretendemos llevárnoslo ni nada de eso. No me cabría en el salón —aclaró Lola, que tuvo que mostrar la placa para tratar de serenarla, sin fortuna.
—No entiendo…
—Nos gustaría hablar con la responsable del departamento.
—Irene Llamas —aclaró el químico, que se había acercado, curioso.
—Pues con esa tal Irene Llamas, entonces.
—Es que…
—¿Ha pasado algo?
—No, no —se apresuró a explicar Clarice—. Es que está en un viaje de trabajo.
—Ah —respondió Lola, fastidiada—. ¿Y dónde, si puede saberse?
—En Dubái.
—¡Cojones, Dubái! —exclamó—. Me voy a hacer del gremio, nosotros no pasamos de Coslada .
Clarice y Felipe Trasobares se miraron sin pillar el humor de la inspectora. La becaria, nerviosa por los acontecimientos, salió por las escaleras sin que nadie se percatara.
—Telefonee a la señorita Llamas, en cualquier caso.
—Por supuesto —aceptó la fotógrafa, y sacó su móvil personal.
—Es preferible por WhatsApp, si no le cobrarán la tarifa internacional —apuntó Campos con amabilidad.
—Es verdad.
Agradecida, Clarice buscó el contacto y efectuó la llamada a la que Irene no contestó a instancias de Barray. La fotógrafa esperó unos segundos.
—Me ha saltado el buzón. ¿Qué hacemos?
—¿Ese es el Goya? —preguntó Lola, que había descubierto el lienzo apoyado en la pared contraria al ventanal del claustro de los Jerónimos.
—Sí.
La inspectora echó a andar seguida por Campos y por los dos interlocutores del museo. Atravesaron el taller, dejaron atrás el Velázquez, el Bosco y el Rembrandt, que llevaban allí varias semanas.
—¡Joder, les cambiaba esta sala por nuestro despacho!
El pequeño grupo llegó frente a la obra, observados por el resto del personal, que prefería mantener las distancias.
Lola contempló con curiosidad las figuras representadas.
Daban ganas de palpar el relieve de la pincelada tan trágica.
Levantó la mano y estuvo a punto de no contenerse, lo que tensó al químico.
—Tengo que reconocer que es impresionante —dijo al bajarla.
—El miedo a la guerra se huele… —apuntó Campos.
—¿Están seguros de que es auténtico?
—Creemos que sí.
—Es chocante que una obra así estuviera desaparecida —dijo la inspectora con doble intención.
Los restauradores guardaron silencio. Para ellos, lo sucedido era igual de confuso .
—Tenemos entendido que han hecho un estudio técnico.
—Así es —respondió Felipe Trasobares—. Un análisis de los pigmentos, reflectografía, rayos X.
—¿Podríamos verlo?
—¿Qué quieren saber exactamente?
—Si tiene un sello.
—No me consta —respondió Clarice.
—Por lo que sabemos, se ha descubierto al hacer una radiografía.
—Eso… es cosa de Irene Llamas.
—¿Esa tal Irene Llamas también ha sido la responsable de autentificar el cuadro?
—Pues… sí. Bueno, es la directora del departamento.
Los inspectores se miraron.
—¿Y tienen ustedes acceso a los resultados?
La mirada de Lola dejó claro que pretendía que se los mostraran. Clarice se dirigió al ordenador y lo encendió ante Felipe Trasobares, que no estaba convencido de que ese protocolo fuera el adecuado. No se atrevió a detenerla, la presencia de la inspectora imponía.
—Gracias por su colaboración —dijo Campos con una sonrisa tranquilizadora.
Clarice seleccionó con el ratón una carpeta: «Estudio técnico. La muerte de Clara del Rey » y clicó.
—El caso es que no me suena haberlo visto. Irene nos lo habría enseñado.
Se abrieron distintas radiografías en la pantalla de alta resolución. Lola las miró interesada.
—Se ven con mucha calidad.
—Tenemos la tecnología más avanzada, si hay algo debajo de la pintura, lo descubrimos y lo estudiamos.
Esas palabras produjeron tirantez entre los presentes, que intuían que en la obra había más secretos de lo razonable. La fotógrafa eligió un archivo y ante ellos se abrió la imagen de un sello que representaba un sol en negativo debido al efecto de los rayos X sobre el soporte .
Lola chasqueó los labios, era lo que buscaban. Y recordaba al tatuaje de Emcy.
—¡Anda, pues sí! —exclamó Clarice, que no se lo esperaba—. Irene no nos lo había comentado. Debió de hacer la radiografía el último día antes de marcharse.
—¿Qué podría significar?
—Tal vez sea la marca de la persona o de la institución a la que perteneció.
—Interesante —concluyó Lola, que había sacado el móvil y disparaba una foto a la pantalla justo cuando el director del museo entraba escoltado por la becaria.
—¡¿Qué pasa aquí?! —preguntó sofocado Francisco Altares.