Capítulo 117
Ganache Chocolatier era un local minimalista con detalles en madera que imitaban el color de las distintas variedades de chocolate, desde la puerta hasta los expositores, con curvas arquitectónicas que semejaban el movimiento envolvente del cacao derretido.
Los empleados también llevaban un uniforme ocre y negro con chaquetilla sin botones.
Irene pensó en Las meninas, donde estaba representada la gama completa de tonos del chocolate, desde el blanco con leche y manteca hasta el amargo. Vivía obsesionada con el arte.
Al fondo, una cristalera, y delante una zona de sillones cómodos para degustar los productos. Le cautivaba el olor que emanaba de ellos.
—Pensé que me llevabas a otra galería.
—Suficientes por hoy. Este es mi placer culpable —dijo abriendo los brazos—. Ahora, ya conoces mis debilidades.
A Irene le gustó escucharlo, aunque no estuviera tan segura.
Se pusieron en la cola detrás de varios clientes, la mayoría hombres vestidos con ropas árabes y mujeres cubiertas con pañuelo, aunque estilosas. El ambiente era distendido, la gente lo pasaba bien y el lujo era agradable, aunque incomparable con el del yate.
Irene se asomó para mirar las opciones: crujiente de baklava, praliné de zaatar, dulce glaseado con sabor a flores y multitud de tés y cafés. En los expositores, cientos de variedades de bombones dispuestos en pequeñas pirámides.
—Mi abuela tenía una casa en la Borgoña y, cuando era niño, pasábamos allí temporadas —rememoró Michel Barray—. Recuerdo las tardes de lluvia en esa cocina antigua de carbón en la que nos calentaba unos tazones bien espesos. Ese sabor amargo y dulce a la vez, la textura…
Por un instante, los ojos de Barray se perdieron en el pasado. Irene no se esperaba que se abriera con sinceridad.
—Hacía frío y poníamos las manos alrededor de la loza para calentárnoslas antes de beber. Mi abuela siempre decía: «Soplad, niños, que quema…», pero nos abrasábamos igual. Y nos reíamos. Ella la que más.
Sin que se dieran cuenta, la cola había avanzado y el empleado esperaba a que hicieran el pedido. Carraspeó con mesura para llamar su atención. Irene se percató.
—Ah, perdón. Un chocolate matcha —dijo en inglés.
En ese momento, vibró el móvil de Barray: un mensaje en la aplicación Signal, que le cambió la cara. Lo miró sin que Irene pudiera curiosear la pantalla.
—Tengo que responder, perdona. Pídeme un pistachio cocoa crackle. Es delicioso.
Se alejó lo suficiente como para que ella no escuchara.
—Se están acercando demasiado —le dijeron.
Irene, ajena a los acontecimientos, se sentó con las dos bebidas y varios bombones para acompañarlas. Barray tardó en regresar. Cuando lo hizo, estaba animado como antes de recibir el mensaje.
—Esta noche te voy a llevar al desierto —dijo, romántico—. Tú y yo. Es una experiencia fascinante.