No te fíes de ellos Capítulo 115
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Capítulo 115

Michel Barray, vestido informal, hizo de cicerone con Irene en el recorrido de las galerías más importantes de arte contemporáneo y emergente, como Firetti, Lawrie Shabibi o Leila Heller.

Amplias, de techos altos, decoración armónica y aire acondicionado, esencial en una ciudad con ese clima.

Perfectas para resguardarse y contemplar obras de gran formato, entre las que colgaban las étnicas de la zimbabuense Charmaine Chanakira, en contraste con las notas bélicas de Magnus Gjoen o el arte pop de Doug Hyde.

Se detuvieron en Volte Art Projects, delante de la versión del Guernica pintada por el hindú Raghava KK, un acrílico sobre lienzo de unas dimensiones similares a las del original.

—Combina lo histórico, el drama con lo ultracontemporáneo: la inteligencia artificial, los videojuegos, las criptomonedas y las ondas cerebrales. Un experimento arriesgado —explicó Barray, que conocía al artista.

Irene lo examinó. Era una pintura abigarrada con una especie de sol en el centro sobrevolado por un búho negro y un cisne blanco, que mezclaba imágenes de la obra de Picasso con memes y figuras de dibujos animados.

—Dicen que narra una historia que rechaza completamente las clasificaciones binarias de conflicto y armonía.

—Los teóricos del arte se tiran el rollo, la verdad, pero lo asombroso es que funciona, tiene una energía increíble —respondió, admirada por la mezcla estética.

Barray sonrió ante el ataque frontal a su discurso.

—Es un artista muy creativo —dijo para defenderse—. Se dedica a dar conferencias alrededor del mundo.

—Como yo ahora —le interrumpió Irene con ironía.

—Como tú, eso es —contestó él—. Has ingresado en un círculo selecto. Aunque te advierto que a él —añadió señalando el cuadro— lo ha invitado Jeff Bezos a impartir un taller para mentes creativas con destacados líderes políticos.

—Me gana.

—Date tiempo.

Sus miradas se cruzaron. La conversación, desde la noche anterior, era un juego de competitividad y seducción.

—Te voy a llevar a mi sitio favorito de Alserkal.

—¿Una galería?

En ese momento, el teléfono de Irene vibró en el bolsillo trasero de su pantalón y dio un respingo. Cada vez que la llamaban era para algo grave. Aun así, lo sacó y miró la pantalla.

—Es del museo.

—No lo cojas.

Barray hizo una mueca cómplice y le indicó la salida. Irene dejó que vibrara mientras lo seguía, entusiasmada.