Capítulo 110
El trayecto por los pasillos del yate se le hizo largo. ¿A quién iba a conocer si no era al príncipe que organizaba la fiesta? Su cabeza especuló con infinidad de posibilidades, pero ninguna se correspondía con la persona a la que se encontró.
El salón era más íntimo, de paredes naranjas, sofás blancos y ocres y cortinones estampados.
El techo circular recordaba el obturador de una cámara de fotos gigante.
La silla de ruedas eléctrica negra, en el centro, contrastaba con la decoración.
Al oír a los recién llegados, el hombre que la manejaba viró en dirección a ellos.
Irene lo contempló por primera vez: sesenta años largos, encogido en un traje adaptado a su figura y prácticamente paralizado del cuello hacia abajo.
Tenía los ojos vivos y la expresión cordial.
Le impactó. No por la discapacidad, sino porque, a pesar de la dolencia, le transmitió serenidad.
—Buenas noches, señorita —dijo en un correcto inglés con ligero acento de Países Bajos.
—El señor Timmermans —los presentó Barray.
—Llámeme Jans, por favor.
Irene le fue a dar la mano, pero comprendió lo incómodo de la situación, ya que el holandés casi no podía moverla. Aun así, la alzó y se la dieron.
—No se preocupe, estoy acostumbrado a poner en aprietos a mis interlocutores —dijo afable—. Tenía muchas ganas de conocerla. Es verdad que tiene un aire al retrato de Maria Conyngham —añadió mirando a Barray—. Michel me ha hablado de usted .
—Bien, espero —respondió Irene en inglés, utilizando el tono cercano con el que había sido recibida.
—Es mucho más encantadora de lo que me habían adelantado. Y tiene buen acento, aunque estadounidense.
—Muchas gracias. Estudié allí tres años.
—En el Getty Conservation Institute de Los Ángeles.
A esas alturas, a Irene no le sorprendía que la hubiesen investigado, pero le hizo sentir incómoda. ¿Qué más sabrían de su vida?
—Cada vez que visito la ciudad ceno con el director —prosiguió el señor Timmermans—. Sus proyectos de investigación y formación en el mundo del arte son admirables.
—Entonces, ¿es con usted con quien tengo que hablar del convenio? —preguntó esforzándose en parecer natural.
—Espero que eso no le defraude. Igual se imaginaba ya con la realeza.
—En absoluto.
—Pero yo esperaba que antes nos conociéramos un poco más.
—Discúlpeme las prisas, la parafernalia me tiene confundida.
—Lo entiendo.
Timmermans le hizo un leve gesto con la cabeza para que pasara a la zona de sofás y se sentara. Después, maniobró la silla con habilidad y se colocó enfrente. Barray también tomó asiento. Para entonces, Irene ya había recuperado la naturalidad.
—Habrá sido complicado llegar hasta aquí —dijo.
—Hay ascensor —explicó como si fuera una confidencia—. Y me encantan las motos de agua.
Los tres entendieron la ironía. Se había creado un ambiente relajado, algo que Irene pensaba improbable.
—Intento que mi pequeña dificultad no me impida disfrutar de la vida.
—No siempre será fácil.
—Tengo mis momentos malos. Y no la voy a engañar, el dinero ayuda en estas circunstancias.
Aunque cuesta pagar a alguien para que te lave o te dé de comer.
No quiero ser una carga para mi familia.
Pero no hablemos más de mí —dijo bienhumorado—.
Espero que le hayamos transmitido lo agradecidos que estamos por su profesionalidad.
El Goya era un asunto delicado y usted lo ha manejado con determinación y sensatez.
—Me he limitado a constatar la autoría. Por muy heterodoxo que haya sido el proceso, estoy convencida de que salió de las manos del maestro.
—Nosotros también. Tuvimos fortuna en encontrarlo.
Irene pensó en el monasterio de Casbas y en las monjas que habían dejado pasar la oportunidad de hacerse ricas. O de ayudar a muchos necesitados. Si es que la historia era cierta.
—Y ¿sabe? —prosiguió Timmermans, ajeno a las cavilaciones de la restauradora—, nos llaman para felicitarnos desde los museos más importantes del mundo. La muerte de Clara del Rey ha causado una auténtica revolución.
—Es comprensible —intervino Barray, hasta ese momento en segundo término—. Es uno de los mejores lienzos que se hayan pintado y que se conserven.
—Si no el mejor —apuntó el holandés—. Preguntes donde preguntes, están ansiosos por conocer la historia de primera mano.
Por eso, nos gustaría que acudiera el mes que viene al Metropolitan de Nueva York para dar una conferencia sobre el estudio técnico, que, por supuesto, se le abonaría junto con el viaje y la estancia. La acompañaría Michel.
Irene miró al francés, que a su vez la observaba con aplomo. Se ruborizó.
—Ah, pues…, gracias, claro que me gustaría.
—Sería la primera de muchas. Quieren escucharla en la National Gallery de Londres, en los Uffizi de Florencia y, naturalmente, en el Louvre.
—Bueno —respondió abrumada—, no querría despistarme de mi trabajo .
—Tiene usted un gran equipo en el que confiar, señorita. Nada, nada, esto ya está hablado con el señor Altares y con la ministra Cano. Ambos están muy interesados en difundir el proceso de autentificación del cuadro.
—Me alegra que las autoridades españolas estén tan implicadas. ¿Eso quiere decir que el Goya se quedará en el Prado?
En los últimos tiempos, Irene había aprendido a manejarse bajo presión. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Timmermans, pese a su enfermedad.
—Es pronto para saberlo, querida Irene. Pero me gusta que defienda lo suyo.
Y para agradecer la colaboración del museo, les ofrecemos una exposición temporal.
Algo nunca visto. Nosotros tenemos amistad con los inversores más importantes que cuelgan sus colecciones en espacios privados.
Hay quien desea disfrutar de esa exclusividad.
Lo respeto, por supuesto. Pero hay otros a los que les gustaría compartir con el mundo parte de lo que poseen.
—Suena bien.
—Ofreceríamos al Prado diez obras maestras que el público no puede ver desde hace años. Y me gustaría que se hiciera lo antes posible. En mi vida, siempre ha habido una máxima: el no tener prisa, pero me estoy quedando sin tiempo.
—Lo comprendo. Una exposición temporal aumentaría el valor de los cuadros. ¿De qué estaríamos hablando?
—Por ejemplo, del Retrato de un hombre joven…
—¡¿El de Rafael Sanzio?! ¡¿El que robaron los nazis en la Segunda Guerra Mundial?!
Timmermans asintió, consciente del efecto que producía la noticia.
—Tal vez sea el cuadro más buscado de la historia.
—Lo tendrán en el Prado antes de que sea devuelto al museo del que nunca debió salir, en Cracovia. Así lo hemos acordado con los legítimos propietarios.
—¿Dónde estaba ?
—No puedo desvelarle los detalles. Lo hemos recuperado, y lo importante es que el público lo disfrute de nuevo. Será nuestro regalo a la humanidad.
Irene estaba impresionada, llevaba extraviado desde el año 1945, tras la detención de Hans Frank, que había sido gobernador general de Polonia tras la invasión nazi y el abogado de Hitler.
—Flores de amapola, de Van Gogh —añadió Timmermans.
Irene no podía ocultar la emoción. Nadie sabía dónde estaba esa tela.
— El martirio de san Sebastián .
—¿El que perteneció al rey Miguel I?
El holandés asintió satisfecho.
—Uf, sobre ese Greco existe una polémica con el Gobierno de Rumanía por la propiedad.
—Estará resuelta cuando se lo prestemos. Y también cederíamos arte contemporáneo: ¿ha oído hablar de las obras que Basquiat le regaló a Madonna cuando eran pareja?
—Una pena, murió muy joven; a los veintisiete años, creo recordar.
Esa afirmación produjo un breve silencio. Barray reaccionó y prosiguió con la explicación.
—Al romper, él le exigió que se los devolviera y, rabioso, los pintó de negro.
—He leído sobre esa historia.
—Pues bien, uno de ellos se salvó de la locura sentimental. Y le aseguro que es el más interesante. Madonna siempre fue muy lista.
Irene estaba deslumbrada.
—Y así, hasta diez obras, incluyendo el retrato de la reina Isabel de Borbón pintado por Velázquez.
—Sotheby's anunció la subasta del cuadro hace unos meses y luego la retiró —dijo la restauradora.
—Ese mismo.
—No se sabe qué ha sido de él desde entonces.
—Colgaría en las paredes del Prado. Y usted figuraría como comisaria de la exposición .
—Gracias —respondió halagada—. Todo lo que nos ofrece tiene detrás una historia peculiar.
—Eso lo hace más interesante, ¿no cree?
La muestra era polémica y se vendería por sí sola. Prometía un aluvión de visitantes y reportajes en todos los medios.
—Y, tal vez —añadió Timmermans—, la joya de la corona la esté observando ahora mismo.
Irene no entendió qué pretendía decirle. Con un leve gesto de la mirada, el holandés le señaló la pared que quedaba a la espalda de la restauradora. Era una clara invitación a que se volviese. Al hacerlo, contempló un cuadro que llevaba años oculto, desde su subasta en 2017.
—El Salvator Mundi, de nuestro querido Leonardo.
La pintura más cara de la historia del arte colgaba de la pared del yate.