Capítulo 107
La bruma del anochecer no dejaba ver con claridad el último rayo de sol que se ocultaba en el horizonte, lo que aumentaba el misterio. A Irene, navegar de noche le imponía: la penumbra y el ruido de las olas que batían la proa del fueraborda en la inmensidad del mar.
Dos motos de agua, conducidas por personal de seguridad, los flanqueaban.
Michel Barray, sin embargo, disfrutaba de la travesía desde el desproporcionado puerto de Dubái hacia el yate en el que se celebraba la fiesta.
Según se aproximaban, este se mostraba cada vez más inmenso, como un edificio de siete plantas del que procedía música árabe.
Otros barcos más pequeños permanecían fondeados alrededor.
—Más de ciento treinta metros de eslora, doce suites, sesenta personas de tripulación, dos helipuertos, piscinas, una de ellas cubierta.
Y un submarino privado —añadió Barray, protegido tras el cristal de la cabina de mando de las salpicaduras de agua marina que le habrían estropeado el traje—.
A mí también me impresionó la primera vez que lo visité.
Claramente excesivo para cualquier ser humano.
Irene entrevió una crítica en las palabras del francés, algo inesperado.
—Las élites van de una burbuja a otra sin contactar con la gente de a pie. Del avión privado al helicóptero, de ahí al hotel de lujo, al yate…
—Como nosotros ahora.
—Mañana te llevaré a un plan completamente diferente.
La lancha aminoró la velocidad hasta topar con suavidad con la popa de la gigantesca embarcación.
Un portón elevado permitía ver el interior del compartimento de carga, en el que estaban aparcados varios vehículos de lujo.
A babor, la escalera llevaba a las cubiertas superiores.
El patrón que los había acercado hasta allí les hizo una señal para que se bajaran.
Barray saltó a la seguridad del enorme yate.
Las olas bambolearon los pasos de Irene, que estuvo a punto de perder pie al cruzar de una embarcación a otra.
Barray le agarró la mano y la sostuvo con firmeza para que no cayera.
—Ten cuidado, ma chérie . Y cúbrete con el pañuelo, por favor.
Irene obedeció. La temperatura empezaba a dar tregua; aun así, se alegró de haber elegido un vestido liviano.
Antes de pasar a la fiesta tenían que atravesar el control de seguridad. Dos árabes grandes como armarios, amables y formales cotejaron los pasaportes en un portátil. Los miraron repetidas veces para comprobar que las fotos se correspondiesen con los invitados.
—Bienvenidos —dijo al fin el responsable.
Les devolvió los documentos y pudieron acceder. Por supuesto, solo se dirigió a Barray, que, al tiempo que subían por las escaleras, se guardó ambos pasaportes en el bolsillo interior del esmoquin.
Se percató de la inquietud de Irene y se lo mostró.
—Puedes quedártelo, gracias —respondió, más tranquila ante el ofrecimiento.
Los precedían otros invitados de diversas nacionalidades, entre los que había rusos, tan elegantes como ellos.
El grupo llegó a la piscina cubierta, con jacuzzis a ambos lados.
El conjunto estaba cercado con una barandilla plateada, de lo que se deducía que había niños en la familia de los dueños.
El vapor de agua flotaba en el ambiente y dificultaba la respiración.
Atravesaron el recinto con suelo de madera y luz ambiente malva y se dirigieron hacia la segunda cubierta por la escalera de caracol sacada de un relato de princesas, con barandillas ornamentadas en cristal, peldaños iluminados y reflejos dorados.
Se cruzaron con una mujer rubia de unos cuarenta años con un vestido de fiesta color hueso.
Sofisticada, de rostro poco expresivo. A Irene le llamó la atención .
—Esa era…
—Lindsay Lohan. De vez en cuando vienen famosos a estas recepciones. Dubái es el emirato más abierto.
El salón principal era refinado y sobrio si se tenía en cuenta el hotel del que venían.
De gusto más ecléctico, con sofás blancos y negros y marquetería sobre un suelo claro.
A través de los ventanales panorámicos se divisaban las luces nocturnas de los rascacielos de la ciudad.
Diversos camareros filipinos servían a los invitados: caballeros vestidos con ropajes árabes y otros al estilo occidental.
Las mujeres, entre las que casi no había locales, eran jóvenes e iban cubiertas; y se servía alcohol con normalidad.
Avanzaron hasta el maravilloso piano de cola debajo de una lámpara de diseño pretendidamente moderna que iluminaba la estancia.
Cerca de ellos, un grupo de personas agasajaban a un hombre de unos cuarenta años, de barba poblada y aspecto de príncipe saudí.
Vestía una túnica blanca y, sobre ella, un bisht, la capa negra con ribetes dorados hasta el suelo utilizada por los altos dignatarios en las ocasiones especiales.
Esta lo era. Le cubría el pelo un shemagh, el típico pañuelo rojo y blanco de líneas geométricas, que le caía sobre los hombros. Denotaba seguridad en sí mismo y poder.
—Es el dueño —explicó Barray.
—¿Es con él con el que tengo que hablar?
—Oh, no, es el anfitrión, pero yo no trabajo para él. Ven, quiero presentarte a alguien.