No te fíes de ellos Capítulo 105
61%

Capítulo 105

Se despertó sobresaltada y con un fuerte dolor de cabeza.

Hacía frío.

¿Dónde estaba?

El cerebro no le funcionaba, incapaz de reconocer la habitación por más que se esforzara.

En ese duermevela se levantó y se sentó en la cama.

Intentó recordar qué hacía allí. Miró en dirección al ventanal; anochecía en un cielo sin nubes que recordaba a un decorado vacío.

Se frotó la cara para ver si la presión le relajaba los músculos faciales y el dolor remitía.

Lo consiguió a medias, pero le sirvió para situarse: Dubái, hotel de lujo, Michel Barray, fiesta.

¿Qué hora era? ¿Cuánto había dormido?

Al levantarse, se mareó. El aire acondicionado estaba demasiado fuerte y tiritaba.

Se cerró el albornoz y buscó el móvil, que se había dejado en el baño.

Cuando por fin dio con él, miró la hora.

Eran cerca de las siete. No era capaz de recordar cuándo la recogerían, pero era consciente de que había perdido demasiado tiempo.

Al malestar se sumó el enfado consigo misma por no haber puesto una alarma.

Del grifo de oro salió el agua como de cualquier otro.

Se mojó las manos y se lavó la cara. Debía arreglarse rápido.

Se alegró de haber dejado la ropa preparada en el sofá antes de quedarse traspuesta.

Subió la temperatura y se quitó el albornoz.

De nuevo desnuda, pero ahora ya sin excitación, solo agobio.

Se sintió fuera de lugar al ponerse la ropa interior que había seleccionado con tanto esmero, al igual que en el coche de vuelta del monasterio de Casbas.

Y apenas cogió el vestido comprendió que hacía las cosas al revés: lo primero era maquillarse.

La cabeza razonaba de nuevo.

Se puso el albornoz y regresó al baño. Sacó la base del neceser y se la aplicó en el rostro.

Era chocante para una restauradora como ella que le faltara precisión en los movimientos.

Se tomó un tiempo que no tenía para calmarse.

Según le había explicado su director en un mail , iba a sellar un importante acuerdo para el Museo del Prado, y únicamente tenía que fiarse de lo que le dijera Barray, que ya había pactado con la ministra de Cultura.

Más despejada, terminó de difuminar el colorete de las mejillas y se delineó los ojos con una raya más pronunciada de lo habitual. Una pincelada oriental le aportaría glamour .

Había recuperado el ánimo cuando unos nudillos golpearon la puerta del piso de arriba, en el que estaba.

Apresurada, se ató el albornoz, anduvo hasta la entrada y abrió una rendija.

En el pasillo esperaba Michel Barray, más atractivo aún que de costumbre.

Vestía un esmoquin hecho a medida y una pajarita burdeos. Se preocupó al verla desarreglada.

—Aunque no lo parezca, ya casi estoy. En serio —afirmó Irene.

—No hay problema. Vamos bien de tiempo —dijo cortés, y miró el carísimo A. Lange pero lucía radiante, a pesar de la jaqueca.

Entonces le sonó el teléfono. Pensó que sería Carlos y dudó si contestar .

Si había un nombre que la angustiaba más que el de su expareja era el de Max Utiel.

Irene colgó la llamada del exministro, se puso los zapatos y eligió los pendientes.

Estaba lista.