Capítulo 104
Lola aparcó en la dirección que le había enviado su hija, enfrente de la rosaleda del parque del Oeste.
Al abandonar el coche, se topó con un cartel enorme que representaba unas figuras, masculina y femenina, ambas manchadas con tinta roja que semejaba sangre.
En medio se leía: «Café Flamenco: Goya».
Sacó el móvil y comprobó la ubicación. No había duda.
¿Qué coño hacía su hija en un espectáculo así?
Miró a ambos lados por si estuviera en los alrededores; varios peatones paseaban despistados sin fijarse en la inspectora, pero ni rastro de Manuela.
Agobiada, abrió la puerta del local. Tras apartar las cortinas de la pequeña recepción, en la que ya se oía cante jondo acompañado de guitarra y la percusión de un cajón, apareció una sala amplia, en penumbra.
Un haz concentrado de luz roja que barría el espacio la cegó.
Se cubrió con la mano hasta que el foco giró y pudo entrever la taberna: espectadores sentados en mesas bajas en hilera y un escenario en el que un grupo flamenco cantaba poseído por el duende, y una bailaora con un traje de lunares ceñido taconeaba con rabia.
Escudriñó a ver si descubría a Manuela. La pared de la izquierda estaba repleta de dibujos de Goya.
No es que fuera experta en arte, pero reconoció que pertenecían a la serie de los Disparates.
Entre los asistentes, nadie se percató de su presencia.
La atmósfera era envolvente, una fusión de sonido y color que llenaba los sentidos.
Pese a avanzar alerta, no detectó la sombra que se le acercaba por detrás hasta que estuvo a su altura.
—Necesito hablar con usted —susurró la figura.
Lola, a pesar de su experiencia, se asustó .
—¡¿Quién eres?! —preguntó sin alzar la voz. Con la oscuridad, no distinguía bien la cara de su interlocutor.
—¿Vamos al fondo?
El individuo, que llevaba la capucha de la sudadera puesta, se alejó del público y se dirigió hacia la esquina menos iluminada. Lola lo siguió malhumorada. No necesitaba alzar la voz para resultar amenazante.
—¡¿Dónde está mi hija?! —dijo entre dientes.
—Manuela está bien.
Se abalanzó sobre él, le cogió de la pechera y le empujó contra la pared, furiosa. Al hacerlo, el rostro quedó a la vista.
—¡¿Por qué sabes que se llama Manuela?! ¡¿De qué la conoces?!
—Tranquila, por favor.
—¡¿Dónde coño está?!
—En su casa.
Lola, violenta, agarró la mandíbula al desconocido. Varias personas se giraron hacia ellos y chistaron para que se callaran, aunque el volumen de la música opacaba la conversación.
—Espere —dijo Nacho mientras enviaba un mensaje por Telegram—. Llámela ahora. Esto no tiene nada que ver con ella.
Lola le sujetó con una mano y con la otra sacó el móvil. Hizo una videollamada que Manuela respondió enseguida. Tenía buen aspecto, aunque preocupada. De fondo sonaba el rasgueo de la guitarra, acompañada de los quejíos del cantaor.
—Mamá… —dijo sentada en la cama del dormitorio.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, bien. No pasa nada.
—¡¿Me explicas de qué va esto?!
—Escucha lo que te tiene que decir ese señor, por favor.
—¿Seguro que estás bien?, ¿te ha amenazado?
—No, no, nada de eso. Luego me castigas si quieres, pero habla con él.
Lola miró a su interlocutor antes de colgar. Era un joven friki, aunque no transmitía peligro. La llamada se cortó .
—Muy bien, ¡¿qué cojones quieres?! ¡¿Por qué te juegas la vida al citarme a través de mi hija?!
—Yo… tengo información sobre el asesinato de Emcy.
Esa afirmación centró la atención de la inspectora. En el escenario, la percusión era cada vez más frenética.
—Está relacionado con el cuadro de Goya que han presentado en el Prado.