Capítulo 103
Jamás hubiera pensado en verse en una situación como esa.
Había viajado en numerosas ocasiones al extranjero para acompañar los cuadros del museo que se prestaban a otras exposiciones, y había sido recibida por embajadores y directores de las pinacotecas más distinguidas.
Recordaba en especial una cena en el Louvre, también un paseo exclusivo por el Hermitage con la élite rusa en el que divisó de lejos al presidente Putin, antes de las sanciones por la guerra de Ucrania.
Nada comparado a aquella experiencia: el avión privado, el vuelo en helicóptero, después, la suite de casi trescientos metros cuadrados dividida en dos plantas y con grifería de oro.
Y le esperaba la fiesta en el yate más extraordinario jamás construido.
Le había llegado el equipaje y empezó a prepararse con tiempo, quería estar radiante para una ocasión tan especial.
Y, aunque lo negara, pretendía deslumbrar a Michel Barray.
Se lo había tomado como un reto. Desde la primera vez que cenaron juntos le había atraído.
Si al irrumpir en el departamento de restauración con el supuesto Goya le dio la sensación de ser un tipo violento, tras la noche en el Club Financiero cambió de opinión.
El aspecto agresivo encubría a una persona culta y refinada, con la que hablar de arte durante horas, algo de lo que Carlos era incapaz; se aburría y, aunque lo negara, no comprendía el valor de la cultura.
A veces se cuestionaba cómo había estado tan enamorada de él.
La sedujo que fuera distinto, arrogante pero divertido, provocador.
Con el tiempo había perdido parte del encanto, y los retos se transformaron en desplantes.
¿Por qué en su generación eran tan difíciles las relaciones hombre-mujer?
¿De verdad era imposible entenderse desde que los roles habían cambiado?
El francés, sin embargo, no perdía el saber estar, sin que le influyera el entramado tan enigmático que lo rodeaba. La valoraba, era sensible, la persona más atenta con la que se hubiera cruzado nunca. Ella acostumbraba a decir que eso no era fundamental, pero la había cautivado.
Salió de la ducha con un ligero aroma a lavanda y el cabello mojado.
Se había aplicado su suavizante favorito, que hacía que el pelo le brillase en tonos azabaches.
Eligió uno de los albornoces colgado a la entrada de la cabina y se lo puso.
Era confortable, como un abrazo cálido y esponjoso.
Fue hasta el lavabo doble y se miró en el espejo que cubría la pared.
Estaba radiante, salvaje, con la melena desordenada.
Al secarse, se abrió el albornoz. Las gotas le caían sobre los hombros y resbalaban hasta los senos.
Se sintió emancipada. El mundo le ofrecía todo aquello que un ser humano pudiera anhelar: el exotismo de Arabia, el lujo, la libertad de que allí nadie la conocería, salvo el propio Barray.
Incluso la gloria.
Descalza, salió del cuarto de baño y avanzó por la sala de estar hasta el dormitorio.
El vestido de Purificación García, una versión alegre de las pinturas de Mark Rothko, descansaba en el sofá rojo al lado del pañuelo que había elegido para cubrirse la cabeza.
La temperatura era perfecta. Se acercó al ventanal y observó el mar.
Allí, en lo alto de la torre, nadie en el mundo podía verla.
Delante, la línea del horizonte llena de promesas y oportunidades.
Se imaginó navegando en una faluca como las que había visto en el Nilo, con el sol templándole la cara y la brisa marina ondeándole el pelo.
Se tumbó sobre la mullida colcha de seda blanca y acomodó la cabeza en los almohadones de plumas.
Sin intención, miró hacia arriba y se vio a sí misma en la luna del techo como si estuviera en un relato de Las mil y una noches.
El albornoz se entreabrió. El azul intenso del algodón con ribetes dorados contrastaba con la piel blanca.
No pudo evitar mirarse desnuda. La imagen que le devolvía el espejo era la de una chica atractiva, de figura armoniosa, pecho pequeño y firme y vientre terso, en el que se marcaba ligeramente la línea alba que dividía los abdominales de manera sensual; el vello cuidado y las piernas fuertes y torneadas.
Por primera vez, estaba orgullosa de sus treinta y siete años, de su físico y de lo que había conseguido en la vida.
Inadvertidamente, una mano descendió por el torso hasta el pubis y lo acarició.
La otra jugueteaba con el pecho. Era una sensación irreal, como si observara experimentar a una joven desconocida.
Esa idea la estimuló, y bajó muy despacio hasta alcanzar el sexo, una granada abierta al deseo.
Los dedos volaron por sí solos y rozaron los labios carnosos y rojizos, como los pintaba Egon Schiele; gimió, y necesitó abrir la boca en busca de oxígeno.
Con los ojos cerrados, el espejo se desvaneció y solo quedó en su imaginación el rostro de Michel Barray, el cuerpo fibroso que nunca había visto, los bíceps bien torneados y el abdomen marcado, con esa curva que tanto le atraía de las esculturas de Miguel Ángel, que acentuaba los oblicuos.
Antes de darse cuenta, arqueó la espalda estremecida y aulló hasta alcanzar el orgasmo más intenso que recordaba.
Su mano se detuvo al percibir el temblor de los músculos.
Se asustó.
Cuando abrió los ojos, su amante ya no estaba allí, tan solo una joven reflejada en el techo. Se avergonzó del grito proferido y temió que Barray la hubiera oído desde la habitación contigua. Se sintió expuesta y desprotegida y se resguardó debajo del albornoz.
Aun así, no tardó en quedarse dormida.