No te fíes de ellos Capítulo 101
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Capítulo 101

Nada más abrir la puerta, accedieron a una dependencia inmensa con un escritorio de trabajo y una barra repleta de fruta y chocolates.

Al fondo, se divisaba el salón, con una mesa rectangular sobre la moqueta azul marino en contraste con las columnas blancas, las maderas rojizas y los detalles dorados.

A Irene le dieron ganas de rascarlos y llevarle la muestra a Felipe Trasobares para que comprobase si estaban fabricados en oro auténtico, aunque le daba la impresión de que así era.

—¿Tenemos una reunión ahora? —preguntó al contemplar la sala.

—No, ma chérie, esto es parte de tu habitación.

A Irene, asombrada, se le escapó una sonrisa. Nunca había visto un lujo tan excesivo, en el que nada casaba con el gusto occidental.

—No digas que no te advertí del horror. El dormitorio está en el piso de arriba. Y antes de que lo preguntes: no, no es la suite presidencial, mis jefes no te aprecian tanto. Es una de las más de doscientas que tiene el hotel —aclaró con amable ironía.

—Si lo llego a saber, la exijo antes de autentificar el Goya.

Barray le devolvió la sonrisa.

—Te traerán enseguida el equipaje. Si necesitas algo, estaré en la habitación contigua. Descansa, te recogeré a las siete para llevarte a la fiesta. Todo el que sea alguien en la región estará allí. Incluidos nosotros.

—Muchas gracias —respondió Irene, ceremoniosa—. Seguiré las indicaciones de vestimenta que me enviaron.

—Estarás preciosa.

Barray se marchó e Irene cerró la puerta.

Como una niña pequeña, se descalzó, lanzó los zapatos por el aire y corrió por la sala.

El suelo alfombrado era suave y agradable, y el aire acondicionado a máxima potencia la aliviaba del calor exterior.

Se fijó en las escaleras con pasamanos dorado y decidió subir.

Nada más llegar arriba, un vestidor con la misma estética; en un cálculo apresurado, cabrían en él un par de cocinas como la de su casa, y aún sobraría capacidad para decenas de zapatos.

En la puerta contigua, el baño con suelo de mármol y jacuzzi circular envuelto en mosaico rojo y azul con detalles marineros bastante kitsch.

En la ducha, en la que entraría un equipo de baloncesto sin problema, colgaban dos albornoces ribeteados en oro.

Al acercarse, vio que uno de ellos tenía la etiqueta con el precio: 595 dólares.

Descartó robarlo.

Salió hacia la sala de estar que formaba un único espacio con el dormitorio; incluía un tresillo rojo sobre la moqueta azul y gris, una televisión gigante, una cama doble con un marco dorado a modo de cabecero, cortinones malvas como si formaran parte de un paso de Semana Santa y un espejo en el techo también del preciado metal.

Enfrente, la cristalera y la inmensidad del golfo Pérsico con algunos barcos que lo surcaban.

Y las paredes amarillas. Pensó en que, con tanto ruido estético, le costaría dormir.

En ese momento le vibró el móvil. Un mensaje de Carlos.

«No tienes nada que decir?! Qué hacemos con la casa?!».

Irene arrojó el teléfono sobre la cama. Rebotó y fue a parar a la mullida moqueta.

Estaba irascible contra su ya expareja, se sentía traicionada.

Y, al tenerlo lejos, se había dado cuenta de la presión que ejercía sobre ella.

Si destacaba en su profesión, era como si le ofendiera.

El estrés y la exigencia del fondo de inversión le habían cambiado el talante, mucho más posesivo y manipulador.

Decidió que ya no iba a condicionarla nunca más.