No te fíes de ellos Capítulo 100
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Capítulo 100

Había montado en helicóptero en el viaje que hizo con Carlos a Nueva York, y lo había sufrido y disfrutado a partes iguales.

Sobrevolar los edificios de Manhattan fue una experiencia compartida que les dio mucho juego en viajes posteriores.

Si se subían en cualquier otro medio de transporte bromeaban con que no estaba «a la altura».

Con el tiempo, Irene se dio cuenta de la diferencia: para ella era eso, una broma, mientras que para él era un estatus alcanzado que no se podía mantener.

Ahora, desde aquel aparato último modelo, divisaba las calles abarrotadas de coches de la ciudad de Dubái acompañada por Barray.

A un lado, el golfo Pérsico, con hoteles y apartamentos construidos en los terrenos con forma de palmera ganados al mar, y al otro, la ciudad de cuatro millones de habitantes repleta de rascacielos y centros comerciales de lujo.

Los trabajadores, inmigrantes asiáticos de múltiples nacionalidades que mantenían la actividad turística y la construcción, vivían en el extrarradio.

Desde el aire, entremezclado con los rotores, impresionaba el cántico de la llamada a la oración de las mezquitas.

Iban camino del hotel con más estrellas del mundo, el Burj Al Arab, un edificio de más de cincuenta pisos levantado en una isla artificial. Su silueta, que semejaba una gigantesca vela, se recortaba imponente sobre el azul del mar.

—¿Miedo? —preguntó Barray, que tuvo que alzar la voz para hacerse oír.

Irene negó con la cabeza. La sensación de flotar era irreal. Al no tener referencia de otras torres próximas no existía sensación de peligro .

—Disfruta de las vistas —añadió el francés.

Irene asintió cuando ya se aproximaban al círculo de más de veinte metros de diámetro situado en la parte superior del hotel.

Recordaba que Agassi y Federer habían jugado allí un surrealista partido de tenis para promocionarlo.

Ya en aquel entonces pensó que cualquier locura que pudiera imaginar el ser humano se haría realidad siempre que alguien ofreciera dinero para costearlo.

Tras los acontecimientos vividos en los últimos días, la reflexión cobraba más sentido que nunca.

¿También ella tendría un precio?

El helicóptero se posó con suavidad sobre la H del helipuerto, y Barray le hizo una seña para que aguardara a que los pilotos les permitieran descender.

Pasados unos segundos, un asistente se acercó y abrió la puerta.

Se bajaron. El impacto de los treinta y ocho grados húmedos golpeó en los pulmones de Irene, le costaba respirar.

Barray la cogió del brazo y la alejó de las aspas, que aún giraban.

Recorrieron la pasarela roja que llevaba al interior, despreocupados de su equipaje. Alguien se encargaría de él.

—No te asustes de lo que veas.

Irene se detuvo preocupada.

—Me refiero al dudoso encanto de este sitio. El dinero y el buen gusto no tienen por qué ir de la mano —explicó Barray—. Y mira que yo me esfuerzo.