No te fíes de ellos Capítulo 98
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Capítulo 98

Irene no se esperaba ese despliegue.

Las aerolíneas de Dubái tenían fama de ser lujosas y había fantaseado con viajar en primera, ya que el vuelo era largo y los representados por Michel Barray manejaban dinero.

Pero el avión privado la había apabullado.

Pese a provenir de una familia de clase media, ser una reputada profesional y no haber pasado apuros económicos en la vida, se sintió en inferioridad.

Era una experiencia vetada para la inmensa mayoría.

Ni siquiera habían pasado por el control de pasaportes de la manera tradicional, y una van los había acercado los metros que los separaban del Bombardier, una aeronave de negocios con capacidad de vuelo de más de siete mil kilómetros.

Los recibió una bella y amable azafata que los acompañó hasta el sofisticado interior, decorado en blanco impoluto con pequeñas incrustaciones en madera noble.

A la vista, un salón alargado con cuatro butacas de cuero reclinables, una mesa de reuniones, la cocina con microondas, máquina de café y neverita, y un baño. Al fondo, una puerta cerrada.

Barray se esforzó para que se encontrara cómoda a pesar del descoloque inicial.

—Es lo que te mereces —dijo al ofrecerle asiento junto a una copa de champán.

Tras saludar a los pilotos, dos alemanes atentísimos, el despegue y una hora de conversación ligera sobre arte, la azafata les sirvió un tentempié frugal pero delicioso. Atardecía en el espacio aéreo de Cerdeña entre nubes dalinianas .

—Me sobrecoge que haya obras de arte perdidas para siempre —comentó Irene eligiendo un canapé de salmón con huevas.

Cualquier conversación tenía un punto frívolo en aquel ambiente.

—¿Te refieres al Coloso de Rodas, al Faro de Alejandría…? —preguntó Barray.

—Ver esas obras sería increíble, por supuesto —le interrumpió Irene—, pero me refería a pinturas de las que tenemos constancia de que existieron, pero de las que no se ha vuelto a saber.

—¿Destruidas?

—O robadas.

Barray dejó el rollito de maki que había cogido y la escuchó con atención. Irene lo desafiaba como nadie lo había hecho antes. Y eso la hacía atractiva.

—El concierto de Vermeer, por ejemplo.

—Me fascina. Lo vi de adolescente en Boston antes de que fuera robado por dos tipos que se hicieron pasar por policías. Representa a tres músicos en un entorno doméstico y, sin embargo, tiene una atmósfera misteriosa y un trasfondo moral.

—Así es, habla de la seducción y de sexo ilícito. De amor y tentación —completó Irene. Ambos eran expertos en arte y les gustaba competir a ver quién conocía más datos.

—Al fondo de la escena hay otra pintura, La alcahueta, que completa su significado. No es casual que Vermeer la incluyera —continuó Barray.

—Se conservan muy pocas pinturas del autor. Si se localizara, se calcula que podría valer cerca de trescientos millones.

—Dejémoslo en doscientos cincuenta —concretó Barray con una sonrisa.

—También hay cuadros en paradero desconocido de Manet, un Van Eyck robado en 1934, obras de Duchamp… O supongamos que existiera la escultura del Caballo de Sforza, de Leonardo da Vinci. Es un mito del que solo existen bocetos .

—Llegó a construirse un ejemplar en arcilla que, ya lo siento, destruimos los franceses en el año 1499.

—¿Y si Leonardo la hubiera fundido en bronce y la propia familia Sforza la hubiese ocultado por algún motivo?

¿Cuánto valdría hoy en día? El incendio del Alcázar de Madrid en el siglo XVIII …

—prosiguió sin dar tregua, había percibido que su argumentación le afectaba—, ¿cuántos cuadros se perdieron ahí?

—Pues… —Barray hizo memoria—. Se quemaron telas de Rubens, Tiziano, el Greco. Un Velázquez que estaba bien documentado: La expulsión de los moriscos. Debía de ser impresionante.

—Haría lo que fuera por ver esa pintura —dijo Irene.

—Existe un dibujo de Vicente Carducho.

—Lo conozco.

El semblante de Irene dejaba claro que no le interesaba lo suficiente.

—Hay un artista español, un tal Fernando Sánchez Castillo, que ha recreado el cuadro con inteligencia artificial utilizando la información que existe —explicó Barray.

—No es lo mismo.

—No, no lo es —admitió.

—Al menos salvaron Las meninas. Se dice que lo arrojaron por una ventana para evitar las llamas.

—Si se hubiera perdido, habría cambiado la historia del arte.

—¿Y qué pasaría si de repente existiera La expulsión de los moriscos ? —preguntó Irene, que llegaba a donde pretendía—. El auténtico. Imagina que, aprovechando el jaleo del incendio, alguien lo hubiese robado. Sería alucinante.

—Muy fantasioso, ¿no crees?

—Tal vez sí.

Había anochecido y no se habían dado ni cuenta, enfrascados en la conversación. Barray se había dejado llevar más de lo que acostumbraba.

—Debes de estar agotada. —Sin dejar que contestara, se levantó—. Si quieres puedes pasar al dormitorio .

Irene iba a protestar porque quería seguir con el debate, pero Barray señaló la puerta que había en la cola del avión, se encaminó hacia ella y la abrió.

Irene lo siguió y vio la habitación con cama doble que llenaba la estancia, también decorada en el mismo blanco impoluto con incrustaciones en madera.

Por un momento se sintió intimidada, como si la invitase a pasar con él.

La situación era chocante, pero a la vez sensual.

Un vuelo a cuarenta mil pies en un avión privado camino de una fiesta en Dubái. ¿El francés estaría flirteando?

Barray, tan educado como de costumbre, dejó claro con su actitud que la cama era solo para ella.

—De ninguna manera, es tuya —protestó Irene.

—Tú eres la invitada. Por favor.

La restauradora, halagada, recogió la bolsa de mano, entró en el dormitorio y cerró la puerta.

¿Qué le había sucedido en apenas unos segundos?

Había pasado de acorralar a Barray con sus insinuaciones a imaginar que hacían el amor sobre el Mediterráneo.

Se sintió mal consigo misma y a la vez excitada.

¿Esperaba de ese viaje algo más que una mera relación profesional?

Le costaba entender a la Irene de las últimas semanas.