Capítulo 96
El día antes de salir hacia Dubái, Irene había recibido algunas normas referentes al viaje, los horarios y el código de vestimenta.
No solo por ser un país musulmán en el que debería taparse el pelo en determinadas circunstancias, sino también por la invitación a la fiesta exclusiva en la que conocería al propietario de la colección que gestionaba Barray.
Agradeció las instrucciones porque no tenía muy claro qué se esperaba de ella.
La comunicación denotaba un secretismo elitista que le resultó divertido, pero que después le produjo ansiedad. ¿Dónde se metía al acudir a ese acto? ¿Por qué la preferían a ella? En cualquier caso, le serviría para conocer más a Barray, algo que anhelaba en su fuero interno.
Un chófer de raza negra y un tanto antipático pasó a buscarla por la puerta de casa en una berlina de lujo. A Irene le inquietaba la cicatriz del rostro. No se sentía cómoda por ello, era un prejuicio del que no podía desprenderse.
Durante el trayecto le llegó un audio de Carlos. Buscó en su bolso los cascos inalámbricos para escucharlo con mayor intimidad.
«Te he llamado un par de veces, pero no me has cogido. Estarás MUY ocupada —decía con intención—. Solo quería decirte que el proyecto de Londres es muy interesante y que quieren que me quede más tiempo. Tenemos que pensar en qué hacer con la casa».
El audio terminaba sin más explicaciones. Irene se sintió rabiosa. ¿La acababan de dejar por wasap tras siete años de relación? Era posible que fuera lo mejor para ambos, hacía tiempo que no funcionaba, pero estaba herida en su orgullo .
El conductor, ajeno a lo que sucedía en la cabeza de la restauradora, la dejó en el aparcamiento privado con acceso a la remodelada terminal ejecutiva de Madrid-Barajas, el antiguo Pabellón de Estado.
El asistente que la esperaba acarreó el equipaje.
Nada que ver con el que había llevado a Huesca.
Este abultaba más del doble a pesar de que la visita iba a durar los mismos días.
Incluía varios cambios, la mayoría estilosos, y un traje de noche que había comprado precipitada en Purificación García, con el que se encontraba guapa y segura de sí misma.
Al elegir la ropa interior, recordó cuando lo hizo para el fin de semana con Carlos.
Sin saber por qué, también seleccionó la más sensual.
Al menos para el día de la fiesta. Todo destilaba glamour y ella no iba a ser menos.
Estaba decidida a pasarlo bien y desquitarse de la noticia recibida.
La condujeron a la sala de espera VIP situada al lado del aparcamiento, amplia y lujosa, decorada tal y como se imaginaban el futuro en los años cincuenta: limpio, en colores pastel, como salida de los dibujos de Los Supersónicos.
Michel Barray la aguardaba en el interior.
El traje, confeccionado a medida, le sentaba a la perfección, y el color marengo contrastaba con el del pelo, recogido en una coleta, que brillaba con la luz del ventanal.
Se acercó a saludarla, de nuevo con un beso en el que apenas si se rozaron las mejillas.
—¿Cómo estás?
—Confundida con tantas indicaciones sobre el dress code —dijo con humor—. ¿Voy adecuada para el avión?
—Estás maravillosa —respondió con sinceridad—. ¿Quieres algo del bufet?
Irene lanzó una mirada al aparador y a los distintos tipos de café y bebidas alcohólicas dispuestas de manera minimalista. Negó con la cabeza. Barray la invitó a sentarse en una de las butacas verdes. Había demasiado espacio desaprovechado para ellos dos.
—Estamos deseando que veas la colección privada —dijo él, que se acomodó enfrente.
—¡Qué expectación! Adelántame alguna obra de las que voy a ver .
Barray negó con una sonrisa.
—No te defraudarán.
—Ya entiendo, me harás cerrar los ojos y acercarme, y no me dejarás abrirlos hasta el último instante.
—¿No te gustó lo que viste el otro día?