Capítulo 95
Escondido en los asientos traseros del Toyota, Nacho aguardaba en la esquina de la calle en la que Irene vivía sola desde hacía un par de días.
A través de las lunas tintadas, observaba los movimientos de los peatones mientras cotejaba los documentos que le había enviado Manuela de los archivos de su madre: el informe de la autopsia de Emcy y las fotos de los tatuajes.
Le llamó la atención el que tenía en el pubis.
Ya había visto esa especie de sol antes.
Revisó los mensajes de Irene hasta dar con el que buscaba; no podía ser coincidencia.
En eso, unas luces pasaron de largo. Eran del coche de Michel Barray, con Irene en el interior. Se detuvieron en la puerta del chalet y conversaron un rato. Le habría encantado saber de qué. Se los veía distendidos.
Quince minutos después, ella abandonó el vehículo tras darle un beso en la mejilla como si fueran amigos de toda la vida, y se bajó. Se despidió con un gracioso gesto de la mano, cruzó la verja y se metió en la casa. No era la misma con la que había allanado la otra madrugada el monasterio.
Barray esperó a que se encendiera la luz del piso de arriba y entonces hizo una llamada de teléfono que duró pocos segundos.
Después, se marchó.
Nacho vio cómo el vehículo se alejaba por la perpendicular, sacó el móvil, escribió un mensaje por Telegram y lo envió: «He encontrado una coincidencia. Necesito que hablemos».
No sabía que Irene lo tenía bloqueado y que no iba a recibir el aviso del mensaje.