No te fíes de ellos Capítulo 94
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Capítulo 94

Lola llevaba varias horas sumergida en la vida íntima de Emcy, y tenía ya una visión bastante amplia del contenido del móvil.

Había dividido la información valiosa en apartados: la más personal en uno, interesante para entender su personalidad y la presión a la que había estado sometida, pero poco relevante para la investigación; la conspiranoica en otro, y un último de archivos con contraseña o encriptados que había pasado a la Brigada Central de Investigación Tecnológica para que los descifraran.

Cuando entró el inspector Campos, de camino a casa, las luces de la ciudad se reflejaban en los cristales de la ventana del despacho de la UDEV, y se oía tráfico de fondo.

—¿Cómo vas?

La inspectora levantó la vista y notó que se mareaba. Demasiado tiempo absorta en el ordenador en el que habían clonado el teléfono de la víctima.

—Enterrada en los vídeos de la chiquita esta. Me duelen los ojos. —«Y el alma», estuvo a punto de decir, pero se contuvo. ¿Dónde estaba la Lola de antes? La echaba de menos. Estiró la espalda, entumecida.

—La silla y tú sois una sola.

—El asiento tiene la forma de mi culo. —Lola se levantó y caminó sin rumbo por el despacho, que no daba para grandes paseos—. ¿Soy yo o aquí hace mucho calor?

Campos no se atrevió a contradecirla, y aguantó que abriera la ventana, por la que entraba un viento frío de primavera. La vio fatigada. Hasta hacía poco parecía incansable. No sabía si era la edad o el caso tan anómalo lo que la apesadumbraba.

—Unos titulares antes de irme a cenar —propuso mirando la hora en el móvil. Eran casi las nueve.

La inspectora ordenó las ideas en su cabeza. Quería mantener la información delicada en el círculo de confianza por el temor que le había suscitado la jueza sobre de quién fiarse.

—Largo de contar, empiezo por el final.

—Adelante.

—He hecho una selección de vídeos en los que Emcy piensa que alguien la sigue. Resultan bastante paranoicos, pero tal y como va la investigación, no me atrevo a asegurar que no tengan fundamento. Mira…

Lola se sentó de nuevo en la silla, que se amoldó a ella. Tecleó en el ordenador y seleccionó uno.

—Emcy va en la parte trasera del coche acompañada por la mánager.

Le dio al play y se reprodujeron unas imágenes movidas, grabadas por la propia cantante, en las que ordenaba al conductor que acelerase.

Se percibía el aumento de velocidad por cómo adelantaban a otros vehículos.

Emcy enfocaba a la ventanilla trasera y hacía zoom sobre el todoterreno que las seguía.

Debido al movimiento, no se distinguía con claridad.

«Lleva detrás de nosotros desde que hemos salido del restaurante», decía ansiosa, en inglés.

La mánager intentaba calmarla: «Hay tráfico, es normal que lleve un rato, no es sencillo adelantar».

Pero Emcy no cejaba.

«¡¡Frena!!», chilló.

El chófer obedeció y el todoterreno los esquivó por la izquierda con una maniobra rápida. Emcy enfocó a la ventanilla lateral mientras circulaban en paralelo. El supuesto perseguidor era de raza negra y tenía una cicatriz en la cara.

«¡Mantente ahí!», gritó al chófer. Emcy bajó la ventanilla y sacó un plano del conductor del otro vehículo, que la miraba extrañado. Tras permanecer unos segundos a la misma velocidad, el hombre de la cicatriz aceleró para perderse por las calles de Los Ángeles.

—Hay varios de este estilo —explicó Lola—.

En un mercado indie, en alguna tienda de lujo.

En uno de ellos, obliga a la dependienta a que la saque por la puerta trasera y escapa por un callejón, siempre acompañada por la mánager.

Una locura, con ella desenfocada mientras chilla para que las recoja el guardaespaldas.

Se escuchan los jadeos y cómo corren hasta que alcanzan el coche.

Hay similares en restaurantes, discotecas.

—Pobre chica, ¿no?

—La madre dice que en esa época no consumía drogas. Este otro también me ha llamado la atención. Discute con un conductor, al que acusa de perseguirlas.

Lola reprodujo el vídeo, en el que se veía un ligero accidente con un cuatro por cuatro. Emcy le cedía la cámara a la mánager y le pedía que no dejase de grabar. Se bajaba y golpeaba el capó del contrario, histérica. La mánager acataba el mandato sin rechistar y registró lo sucedido.

—No se entiende bien lo que dicen —explicó Lola—, pero Emcy increpa al conductor, que no hace nada por bajarse, aunque ella le rompa el faro de una patada. Está como enajenada.

La imagen se focalizaba en el agredido y, a pesar de los reflejos del cristal, el rostro se podía reconocer. Lola detuvo la reproducción.

—¿Quién es? —preguntó.

Campos se encogió de hombros. Era un tipo fornido de raza negra.

—Espera, es el mismo de otros vídeos.

Lola sacó el móvil y le mostró el de la asesina de Ariztimuño cuando se subía al coche para escapar del estadio. Lo congeló en el plano lateral del conductor.

—No quiero parecer racista y decir que los negros son todos iguales, pero yo diría que es el mismo que acosaba a Emcy en Los Ángeles.