Capítulo 93
La vida sola no era como la había imaginado.
Desde que se encontraban a más de mil kilómetros, apenas habían intercambiado un par de mensajes informativos: «He llegado bien», «Por aquí todo sigue igual», y algunos reproches injustos de Carlos: «Lo has estropeado todo», «Solo piensas en ti misma».
Sin ser consciente, había elegido la taza de El lobo de Wall Street para tomar café. Se sentía triste, en especial en el desayuno, cuando Carlos no llegaba sudado de correr con esa energía desbordante.
Lo echaba de menos, pero era consciente de que la personalidad arrolladora de su pareja la había condicionado y se había visto forzada a permanecer a su sombra.
Ahora, recién emancipada de su opinión, podía crecer como profesional y como persona.
¿Por qué iba a ponerse límites? Por primera vez se dio cuenta de que estaba orgullosa de lo conseguido, de ser la directora del departamento, y de que se lo merecía.
Incluso había cambiado su postura corporal, siempre un poco encorvada, como si pidiera disculpas.
Respiraba mejor y se sentía más guapa. Y más libre.
En esta ocasión sí llevaba el atuendo acorde con el entorno.
Aunque le había costado decidirse, iba espectacular, con una falda corta con la que lucía las piernas, una camisa de diseño, un bolso de firma y tacones.
El maître del Club Financiero la recibió con amabilidad impostada y la acompañó hasta la mesa que ocupaba Barray, vestido de chaqueta beis y pantalón vaquero, más informal que de costumbre.
Y más relajado. El que el Museo del Prado y la mayoría de la prensa internacional hubieran aceptado la autoría del Goya cerraba una negociación compleja y peligrosa en la que se jugaba mucho.
La esperaba con una botella de su champán favorito, que se enfriaba en la cubitera.
—Me encantó tu llamada —dijo al levantarse para recibirla.
Con un gesto refinado, le rozó los hombros con ambas manos y la besó en el aire cercano a la mejilla. A Irene le resultó natural. Hasta aquel momento solo se habían saludado como dos profesionales. Algo había ido cambiando.
—Yo también había pensado en que nos viésemos —añadió con su ligero acento francés, que lo hacía atractivo.
El atardecer era magnífico sobre la plaza de Colón, la temperatura, agradable y el restaurante, inmejorable. Pero una sombra de duda amargaba la velada. Barray se percató.
—¿Todo bien?
Irene movió la silla para acomodarse. No encontraba la postura.
—Primero los temas desagradables, si es que los hay.
—Carmela Rojo —dijo al fin la restauradora.
Barray hizo ver que no la comprendía.
—Me dijiste que si me molestaba…
El francés levantó la mano para interrumpirla sin agresividad.
—¿Ha pasado algo? —preguntó.
—No sé dónde está.
—No te estoy entendiendo.
—Bueno, dicen que se ha jubilado.
—¿Y piensas que tenemos algo que ver en eso?
—Dímelo tú.
Barray tomó con parsimonia la botella y le quitó el precinto.
—Querida Irene —dijo según la descorchaba—, ¿por quién nos tomas? ¿Qué nos importa a nosotros alguien como esa mujer? Estará felizmente jubilada en una playa del Mediterráneo. Puedes estar segura.
—Pero me dijiste …
—Yo te lo pregunté por si necesitabas apoyo frente al museo en un momento difícil, pero creo que no te hace falta, el director te valora. Lo mismo que nosotros.
—Ya, y la ministra. Ahora todo el mundo me quiere.
—¿Vienes con ganas de pelea? —preguntó, divertido, al servir las copas. Verla revolverse lo motivaba.
—Es que me siento utilizada en medio de algo mucho más grande que no controlo.
—Es el peso de la responsabilidad. Cuando accedes a determinados cargos, las relaciones sociales se complican, hay intereses, no me digas que no lo esperabas.
Esa afirmación la hizo sentirse ingenua.
—Supongo que quiero lo bueno del puesto —respondió—, decidir qué pinturas se estudian y cómo, pero no me agrada la parte más institucional.
—Pues brindemos por el arte. En realidad, es lo único que nos mantiene vivos.
Barray levantó la copa al atardecer. Irene aceptó las paces e hizo lo propio.
—Hay un nuevo tema, no sé si te lo ha comentado el director.
Irene se puso en guardia. ¿Algún nuevo favor?
—No lo he visto desde la rueda de prensa.
—¿Has estado fuera?
—No —dijo sin pestañear, pero con el monasterio de Casbas en la mente—, pero no nos hemos cruzado.
—Hemos apalabrado una colaboración con el museo y me gustaría que me acompañases a cerrar el trato con, digamos, mi jefe.
—¿Lo sabe Francisco Altares?
—Por supuesto, es un asunto de la dirección del Prado. Él mismo te contará los detalles del acuerdo. Sería un viaje de dos o tres días.
—Me da la sensación de que lo dais por hecho.
—Conocerás a personas influyentes y podrás ver en directo parte de la colección .
—¿Por qué no va el director en persona?
—Mis jefes solo se fían de ti.
Irene, halagada, asintió conforme.
—¿Dónde es?
—En Dubái.