Capítulo 92
Aunque Destiny le hubiera entregado el móvil de manera extraoficial, había que seguir el proceso adecuado si se quería que las pruebas que se hallaran en él sirvieran en un futuro juicio.
Lola contactó con la jueza para que iniciara la cadena de custodia y se clonase el contenido, eso sí, sin comunicarlo a la embajada estadounidense, tal y como había pedido la madre.
Aprovechó la conversación con la magistrada para quejarse de la filtración que había llegado al supuesto club de fans de la visita al estadio, que había terminado con el asesinato del fisioterapeuta.
«¿Quién le dice que haya salido de mi juzgado? Mire usted en su entorno». La respuesta de la jueza le había parado los pies y generado inseguridad.
¿Habría sido Vance? Cada vez se fiaba menos del estadounidense.
Pese a las discrepancias, la envergadura de la investigación y la presión internacional impulsaron para que los trámites se hicieran en tiempo récord, y en un par de días la inspectora se sentaba a la mesa del despacho con una copia de la vida íntima de Emcy, sin que trascendiera a la prensa.
Un móvil es lo más similar a volcar la identidad de un ser humano a un archivo, algo de lo que la ciencia ficción hablaba desde hacía años.
Una hora de búsqueda y ya estaba sobrecogida.
Y no por falta de costumbre de ver imágenes privadas de víctimas anteriores.
Pero era abrumadora la cantidad de información extrema allí contenida.
Vídeos en los que consumía drogas en el peor estado; arrastrada y sucia, se grababa al practicar sexo en grupo con hombres y mujeres y lo almacenaba en carpetas.
Los había revisitado y ordenado, lo que significaba que había decidido conservarlos.
Una gama que iba desde los «románticos» hasta los más agresivos y humillantes.
La mala calidad de algunos, captados en estado etílico o quién sabía si peor, complicaba el identificar a los participantes.
—¡Joder, qué juventud de mierda he tenido!
Lola no pudo evitar la ironía, como tampoco que la imagen de la madre le viniera a la mente; ella también los habría visto.
Ahogó el pensamiento con un sorbo de café y seleccionó la cara de un tipo especialmente violento, que la despreciaba y golpeaba.
Subió la captura que hizo del rostro a Internet y descubrió que era la pareja por la que había sufrido la depresión.
Un auténtico hijo de puta. Aun así, no había motivo para sospechar que tuviera que ver con el asesinato.
Lola intercalaba el visionado de estos vídeos con otros brillantes de actuaciones durante la última gira.
Bien producidos, con un gran despliegue de cámaras y con las fans chillando de pura adoración.
Del escenario a las habitaciones de hotel, lujosas y soeces, que en ocasiones destrozaba para sentirse viva.
Todo documentado. ¡Qué difícil era la vida de los famosos, por muy millonarios que fueran!
Siempre expuestos, con la exigencia de aparentar felicidad ante el gran público; demostrar alegría cuando las vidas estaban rotas.
Parecían superficiales y caprichosos, pero cuando tantos cantantes se quitaban la vida o caían en profundas crisis sería por algo.
En los archivos de los meses anteriores a la reaparición, las imágenes violentas habían sido sustituidas por otras en las que tocaba la guitarra en el dormitorio, practicaba yoga en una piscina maravillosa o bebía zumos de frutas de colores imposibles.
Y, poco antes de embarcarse en la nueva gira, una visita a la modesta tumba de Jim Morrison en el cementerio Père Lachaise de París, colmada de flores frescas y fotos del cantante.
«Fiel a su propio espíritu», rezaba la inscripción, en griego antiguo.
Emcy iba vestida con un vaporoso camisero blanco y paseaba como un alma libre entre las lápidas y los pequeños panteones familiares. Era un entorno mágico, compartido por otros artistas como Oscar Wilde o Édith Piaf.
Lola, impulsada por las teorías de su hija, había investigado sobre la muerte de Morrison, y era oscura.
Tras esfumarse en Francia con su novia, la prensa empezó a especular sobre su salud mental.
El mánager y la embajada estadounidense no lo localizaban y se preocuparon.
Cuando al fin dieron con la chica, esta los recibió desconsolada con un ataúd sellado y un certificado de defunción sospechoso.
Eran comprensibles las especulaciones que habían crecido durante décadas.
Revisó las imágenes del cementerio. Había un vídeo en el que alguien grababa a Emcy cantando a capela un tema que le resultaba desconocido delante de la tumba del líder de los Doors.
Una melodía sensible y emotiva, archivada como I don't belong here .
Le gustó tanto que la escuchó una segunda vez.
Vislumbró una sombra que aguardaba detrás de los panteones.
La cámara se movía al final del vídeo y se apreciaba mejor de quién se trataba.
Paró la reproducción y amplió la pantalla.
Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, atractivo y pelirrojo de ojos verdes, que recordaba a los autorretratos de Durero.