Capítulo 91
Al llegar al departamento de restauración, el personal trabajaba en las distintas obras y nadie salió a recibirla.
Seguían las mismas de unos días atrás, cuando llegó la comitiva encabezada por Barray: el Velázquez, varios primitivos flamencos y el Rembrandt, entre otros menos conocidos por los visitantes, pero también excelentes.
Los procesos eran lentos y minuciosos, llevaban meses de dedicación.
Saludó con la mirada a Clarice, que fotografiaba los detalles de la trasera de un lienzo.
Se alegró de que el ambiente destilara normalidad, sin sobresaltos, sin visitas de ministros ni de gente armada.
Dejó el bolso en el despacho y se vistió la bata negra antes de sacar la muestra de tinta que había obtenido del libro del monasterio de Casbas.
Ya no estaba en el sobre, sino en un recipiente más apropiado.
Se acercó a la zona en la que el químico tomaba micromuestras de un Pradilla con precisión encomiable.
—Hola.
Felipe Trasobares, concentrado y con las gafas de aumento puestas, ni levantó la vista. Masculló un saludo.
—Perdona —continuó Irene—, me gustaría que analizaras esto.
El químico guardó la muestra de pintura que acababa de obtener en una probeta y miró a la directora del departamento.
—¿De qué estamos hablando?
—Tinta antigua. Creo.
Felipe abrió las manos para recabar más información.
—Ya sabes que colaboramos habitualmente con la Biblioteca Nacional, están haciendo un estudio y me han pedido este favor .
—¿Les comunico a ellos los resultados de manera oficial? —preguntó con su habitual formalidad.
—No, pásamelos a mí, no te preocupes.
A Trasobares le resultó anómalo el procedimiento, pero tampoco indagó más.
—Lo único, estoy saturado de trabajo, no sé lo que tardaré.
—Bueno, lo antes que puedas, te lo agradecería.
Irene le confió la muestra y Trasobares la depositó en una gradilla.
No tenían más que hablar, y la restauradora se volvió hacia el despacho, satisfecha de la versión que había inventado.
Por el camino, se percató de que Carmela Rojo no estaba en su puesto.
Desvió sus pasos y fue al encuentro de Clarice.
Aguardó a que disparara una última fotografía para no interrumpirla.
—¿Dónde está Carmela?
—¿No te has enterado?
—No —respondió Irene, alarmada—. ¿Ha pasado algo?
—Ayer se despidió, de pronto. Pensé que lo sabías y que te habías pedido el día por eso.
—No tenía ni idea. ¿Y por qué?
—Jubilación anticipada, dijo. Fue muy frío.
La cara de Irene reflejaba desconcierto.
—¿Os comentó si la habían obligado en el museo?
—Supusimos que no quería permanecer aquí en la nueva situación.
Ya sabes, tú de directora. Se ha posicionado mucho con lo del Goya y no le ha salido bien.
Yo qué sé, es soltera, no tiene hijos, se dedicará a viajar y a dar por saco en otros museos —dijo Clarice tratando de sacar una sonrisa a su compañera.
—Pero ¿está bien?
—Sí, supongo. A enemigo que huye, puente de plata.
Irene asintió sin mostrar sus emociones y se metió en el despacho. No se podía quitar de la cabeza las palabras de Barray cuando se despidieron tras la rueda de prensa: «Si te molesta esa tal Carmela Rojo, házmelo saber».