Capítulo 90
Cuando se bajaron del Opel Corsa se encontraron con que Destiny, la madre de Emcy, los esperaba en el aparcamiento del Instituto de Medicina Legal.
A su lado, Etham Vance, con su habitual chaqueta apretada, como uno de los hombres fornidos que pintaba Botero.
Se saludaron con frialdad y Lola la invitó a entrar en el gigantesco dónut metálico que servía de anatómico forense.
—Prefiero estar a solas con mi hija —dijo en inglés al miembro del FBI.
Etham Vance asintió. Lola, que la había entendido, se dirigió a ella en español:
—Nosotros tenemos que acompañarla.
—¿Podría ser solo con usted?
Lola y Campos se miraron y el inspector dio un paso atrás. Se alegró de no volver a ver el cuerpo de la víctima. Habían pasado bastantes días y, aunque estuviera bien conservada, no sería agradable.
Hicieron el recorrido por los pasillos circulares del edificio en silencio. Las botas de la inspectora resonaban al unísono con los tacones de Destiny, digna, sin perder la compostura y vestida poco apropiada para una situación como aquella.
Tuvieron la suerte de que no estuviese House en la sala, sino uno de sus ayudantes, al que habían avisado.
Emcy estaba fuera de la nevera y descansaba sobre la mesa plateada completamente desnuda e iluminada por la luz blanquecina del techo.
Se habían adelantado a la cita y no habían tenido tiempo de prepararla.
A Lola le dio la sensación de que el cuerpo permanecía en un estado similar al de la anterior visita a pesar de las costuras de la autopsia.
Y, aunque tenía livideces violáceas en los puntos de apoyo, su visión no resultaba repulsiva. Se alegró por Destiny.
El ayudante miró a las dos mujeres y fue a taparla con una sábana, pero la madre, con un gesto, le hizo saber que no era necesario.
Asintió y prefirió dejarlas a solas. La madre avanzó hasta Emcy y le acarició suavemente el brazo derecho.
Estaba rígido y repleto de tatuajes. En el bíceps llevaba escrito «Destiny» y un corazón roto.
—Discutimos. —La madre rompió el tétrico silencio con su acento mitad estadounidense, mitad latino.
Lola no se esperaba una confesión y suspiró sin pretenderlo. Ahora sí, Destiny cubrió a su hija con la sábana mientras hablaba.
—Su papá y yo nos divorciamos hace dos años cuando Emcy tuvo la depresión.
She felt her entire soul shut down. Decía que su alma se apagaba y que no era lo suficientemente bella para este mundo.
Le daba miedo el público. No supe manejar my feelings y descuidé a mi hija.
Yo pretendía que se tomara un tiempo, mi marido insistió en que tenía que luchar.
Discutimos tanto que me fui de la casa. A partir de ese momento, apenitas nos vimos.
Lola tenía aptitudes para ser policía, pero las circunstancias la convertían en psicóloga, nada más alejado de su vocación.
—Trabajó muchos meses en solitario, compuso canciones, practicó nuevas coreografías, dejó las drogas. La disquera la presionaba para que reapareciera, pero no se encontraba segura, me lo contaba su assistant manager. Hasta que un día me marcó al celular muy nerviosa y vino a verme. Estaba aterrada.
Se giró hacia Lola, que notó cómo a la madre se le erizaba la piel y le temblaba la voz. La asustada era ella.
—Yo pensé que había vuelto a consumir drogas y que tenía alucinaciones. Pero ayer, cuando usted me platicó de la conspiración contra mi hija …
Se detuvo para buscar las palabras correctas. Lola escuchaba sin entorpecer el relato.
—No la creí. My baby…
Agarró la mano inerte de Emcy, que sobresalía, y rompió a llorar. Lola pensó en que no debería tocarla para evitar la contaminación de ADN, pero no hizo nada, tan solo contener la emoción que la embargaba. Pensó en su propia hija y en el disgusto de la noche anterior. ¿Merecía la pena el enfado?
Destiny se recompuso, sacó un pañuelito del bolso de Versace que llevaba y se secó el rímel con precisión.
—¿No la creyó? —dijo Lola para invitarla a seguir.
—Me habló de una trama, como dijo usted ayer. Grababa videos incomprensibles, que pretendía subir a las social media. Estaba desquiciada. Por suerte, impedimos que lo hiciera. En aquel entonces pensé que era lo mejor.
—¿Sobre qué eran los vídeos?
—Denunciaba que la seguían por la calle, que la espiaban incluso en casa, y que le intentaban robar las canciones que componía.
Que alguien accedía a sus archivos. Empezó a poner passwords en los documentos, no dejaba que nadie del entorno escuchara los temas hasta que entraran en el estudio.
En esa situación, el tour de cuarenta conciertos era inviable.
Estaba en contra, por eso no vine al de Madrid. Ahorita me arrepiento —reconoció.
—¿Tiene pruebas de eso que dice?
—Hay un dato que no sé si será importante: la gira no iba a empezar aquí, sino en Londres. Se rectificó de repente, así nomás. ¿Cree que los miedos de mi hija pudieron ser reales?
Lola cambió el peso de los pies. Estaba incómoda, hacía frío y el olor a formol y lejía le desagradaba. Valoró la contestación. No sabía adónde podría llevarla esa puerta, pero tampoco tenía mucho que perder. O tal vez sí. ¿De quién se podía fiar?
—Es posible que alguien amenazara a su hija para que compusiera una canción para ellos —aventuró al recordar la conversación con Campos, en la que la había tomado por loca .
—¿Ellos?
—No sé quiénes son. Es solo una conjetura.
—Entonces, ¿hay pruebas de que la amenazaban?
—Es un tema espinoso, señora. No las tengo, pero le prometo que investigaré si los temores de su hija tenían fundamento, y si la pudieron asesinar por ese motivo.
Ambas mujeres se miraron y conectaron por encima de la forma de vestir, la vida tan distinta que habían llevado o su nacionalidad.
Destiny bajó la mirada hacia el bolso, lo abrió y sacó un móvil de última generación con una carcasa dorada.
—Es el celular de Emcy —susurró—. Me lo trajo Adriana, su assistant manager. Detrás está escrito el PIN. No lo conecte a Internet, podrían tratar de borrarlo a distancia. Y no comente con el embajador que se lo di. Creen que se ha extraviado. Y así debe seguir siendo.