Capítulo 89
Tres meses en Londres.
Con eso se había topado Irene nada más llegar al dormitorio la noche anterior.
Sabía que el encuentro no iba a ser agradable tras la discusión en Huesca, y que su deseo de esconderse bajo el edredón se demoraría.
No tenía ni idea de que Carlos tuviera una oferta.
Ni de que estuviese entusiasmado de aceptarla.
«Es un reto —había dicho—, si quieres ser alguien en este mundo, tienes que estar en la City. Lo he retrasado demasiado tiempo».
Según se tomaba un café doble y apartaba la tostada con aguacate y chía, le daba vueltas a si podría haber reaccionado de otro modo al enterarse de que su chico se iba.
Tal vez, llorar agotada y sola en el baño no había sido la mejor opción.
Para cuando se hubo calmado y regresó al cuarto compartido, Carlos ya se hacía el dormido en su lado de la cama. Volvía la culpabilidad.
Lo veía desayunar insultantemente feliz, aunque podía ser una pose: no soportaba que ella hubiera sido el centro de atención en los últimos días y que, mientras triunfaba, su operación financiera fracasase.
El fin de semana lo había estropeado más, y eso que no le había contado la aventura posterior a su marcha.
Retrasar la vuelta sin una explicación clara había aumentado el agravio.
—Me llevaban insistiendo varios meses y me había negado, pero ahora no veo motivo para no aceptarlo. Si tú haces lo que quieres, yo también. —Tras un último sorbo, depositó su taza favorita en la encimera.
Irene giró la cabeza y vio cómo Leonardo DiCaprio la miraba con sorna y con una seguridad en sí mismo aplastante .
—Métela en el friegaplatos, a ver si se va a quedar ahí tres meses y cuando vuelvas va a estar hecha un asco.
Carlos captó la doble intención de sus palabras, cogió la taza y la enjuagó.
—¿No tienes nada más que decir?
—¿Para qué?, si ya has decidido.
—Necesito crecer profesionalmente.
Irene asintió. Podía ser cierto, pero llegaba en el peor momento.
—¿Cuándo te irías?
—Mañana.
Ella asumió el golpe. No quedaba tiempo de arreglarlo.
Hacía más de seis años desde que se habían ido a vivir juntos, al principio a un apartamento de una sola habitación en la calle de Sainz de Baranda, bien comunicado.
Lo habían alquilado porque tenía luz y una nevera roja maravillosa.
No les importó que el colchón fuera duro y estrecho, y el baño, tan diminuto como el de una nave espacial.
Después, la vida en Los Ángeles. Había sido la época más feliz, llena de pasión, triunfos compartidos y ascensos a la vuelta en el trabajo.
Eran la pareja perfecta. Cuando gran parte de su generación no conseguía alquilar una vivienda, a ellos les habían concedido una hipoteca razonable para comprar el chalet de Ventas, que pretendían pagar en treinta años.
Y Carlos había insistido, les daba estatus, decía.
¿Habían pasado dos y ya era lo único que los vinculaba?
—Tengo la sensación de que no nos contamos las cosas. No sabía lo de la oferta.
Una risotada ofendida sonó por los rincones de la cocina. Hasta las hojas de las plantas temblaron.
—Dijo la espía —contestó Carlos con mala leche—. ¿Hay algo más que no sepa de tu investigación?
Irene se sintió descubierta.
—O sea, que hay más. ¿Has encontrado algo?
La misma pregunta que Nacho. Ambos querían saber, pero no habían estado a la altura de lo que ella esperaba .
—Creo que el cuadro de Goya estuvo en el monasterio.
—¡¿Al final entraste?!
—No —mintió—: Encontré una referencia en los archivos de la diócesis.
—Estupendo, ¿y ya sabes quiénes son «ellos»?
—Creo que sí. Más o menos.
Carlos la miró. De un tiempo a esta parte le costaba reconocerla, ya no la dominaba como antes.
—Son una especie de corporación que actúa desde hace años en la sombra…
—¡Venga, no me jodas! Ahora ya no.
Carlos cogió la sudadera con la que había corrido y fue hacia las escaleras.
—Ten cuidado con esas chorradas, al final vas a perder el trabajo en el museo, que es lo único que te queda.