No te fíes de ellos Capítulo 87
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Capítulo 87

Era ya de noche cuando aparcó en la esquina del chalet que compartía con Carlos y apagó el motor del Mini.

Demasiadas horas de viaje tras lo poco que había dormido.

Y demasiadas emociones: la despedida en la estación, la cobarde huida de Nacho, la detención que evitó en el último momento y los documentos que traía en el bolsillo para analizarlos con calma.

No había comido casi y le había costado conducir hasta Madrid.

La cabeza le daba vueltas y había estado a punto de dormirse en un par de rectas inacabables, espabilada por el volumen atronador al que había puesto la música.

Antes de bajarse, observó que la calle estaba mal iluminada.

Igual que siempre, pero hasta entonces no le había importado.

Se asustó. En parte por el cansancio y en parte por los mensajes anteriores de Nacho en los que le aseguraba que la espiaban.

Él mismo solía hacerlo con la excusa de protegerla.

Irene era confiada, no se había planteado que nadie quisiera hacerle daño.

Hasta ese momento.

Se armó de valor, tomó la mochila del asiento del copiloto y se bajó.

Una vez fuera, miró a ambos lados del cruce de calles.

El viento movía las hojas de los árboles y producía caprichosos susurros.

El barrio estaba tranquilo, sin gente ni tráfico.

Atenta a cualquier amenaza, abrió el maletero y sacó el equipaje de fin de semana que había preparado con entusiasmo cuatro días atrás.

De nada le sirvió la ropa interior sensual que había elegido.

Se sintió ridícula cuando se vistió por la mañana en el hostal con encanto: ¿adónde iba con esos encajes?

Incluso le habían resultado incómodos para conducir .

Empezó a caminar. Las ruedas de la maleta verde chirriaban al girar sobre la acera y delataban su posición.

Pesaba, pero, aun así, la cogió en volandas y prosiguió.

Observaba cada sombra como si fuera un enemigo y el interior de los coches por si hubiera alguien oculto.

Al llegar a la altura de una furgoneta blanca se alteró.

No había manera de saber si habría alguien emboscado.

Aminoró el paso y miró adentro. A pesar de que había poca luz, daba la sensación de que estaba vacía. No la tranquilizó.

Su casa estaba a seis o siete zancadas y veía encendida la luz del dormitorio. Si gritaba, Carlos la oiría.

¿Se estaría obsesionando sin motivo?

La situación le dio vértigo, corrió hasta llegar al chalet y volvió a sentir dolor en la rodilla.

Empujó la verja, pero cuando fue a abrir la puerta principal se percató de que no llevaba las llaves a mano.

Dejó la maleta en el suelo y rebuscó en la mochila.

Prestaba más atención a los posibles movimientos de la calle que a lo que tanteaban los dedos.

El sonido metálico dentro del bolso los guio hasta dar con ellas.

Eligió la de la puerta principal y la introdujo en el bombín, que giró sin dificultad.

Por fin estaba segura en un ambiente que no le era hostil.

—¡¿Irene?!

La voz de Carlos no sonaba amigable. En ese momento, antes de que subiera las escaleras, le vibró el móvil. Un mensaje de Nacho. ¿La estaría observando y ella no lo habría descubierto?

«Qué tal en el archivo? Has encontrado algo?».

Irene, rabiosa, bloqueó el contacto de Nacho albañil. No quería saber nada del conspiranoico.