Capítulo 85
En apenas una hora, Irene descartó la mayoría de los documentos que había en el armario y solo le quedaban por comprobar un par de pequeños libros con multitud de anotaciones.
Eran del siglo XVIII . En un vistazo precipitado, había ojeado los titulares de letra bonita pero abigarrada, algo que dificultaba la lectura.
Eran similares al resto: donaciones, compras, testamentos.
La funcionaria había curioseado en un par de ocasiones, solícita, por si necesitaba ayuda.
—La archivera no viene hoy. Si sigue usted aquí, mañana podría ayudarla.
—No se preocupe, es que tengo que volver a Madrid.
—¿Y para qué necesita los datos?
—Quiero escribir un artículo sobre los monasterios abandonados y su historia.
—Hace usted muy bien, hay cosas que se deberían recordar, pero vivimos en una sociedad donde todo son prisas y a nadie le preocupa qué fue de las personas que vivieron antes que nosotros.
—A mí sí me interesa conocer qué hicieron y por qué.
La miró agradecida por el falso artículo que iba a escribir y le ofreció un café antes de dejarla sola. Irene, aun somnolienta, rechazó la oferta y regresó a los apuntes. No quería testigos.
Abrió el último libro por la mitad. Encontró notas sobre la desamortización de Mendizábal de 1836 y la posterior ampliación del monasterio.
Retrocedió algunas páginas, en las que se registraba cómo la comunidad, además de acoger a mujeres nobles, había sido hospital para desvalidos y asilo de peregrinos.
Al fin, localizó los apuntes que se correspondían con los años inmediatamente posteriores a la realización de los cuadros del levantamiento.
Avanzó despacio, prestaba atención a cada frase.
Si había alguna referencia tenía que estar en esas fechas.
Nada reseñable en 1814 ni en el 15. Varias adquisiciones de obras menores en el 16.
Pasó la página y llegó al año 1817: una donación anónima de un lienzo de gran formato.
Estaba al final de una hoja, después de otros obsequios sin importancia.
Era difícil sentir mayor emoción de la que había experimentado en los últimos días, pero aquel apunte le detuvo el corazón: las medidas coincidían con las del nuevo Goya, y también la breve descripción en castellano del XIX : «Batalla del pueblo español frente a los franceses.
En medio del fragor, una muger cae herida… ».
Irene oyó un ruido a la espalda y se sintió descubierta como si fuese una espía de película de sobremesa.
Ocultó el libro entre las piernas y miró con el mayor disimulo posible; un hombre con pinta de profesor universitario atravesó el archivo sin prestarle mayor atención.
Se esperó a estar sola y abrió de nuevo el libro por la página adecuada, cogió el móvil y seleccionó la cámara.
Las manos le temblaban y la imagen que obtuvo salió borrosa por falta de luz.
Decidió que no hacía nada malo a ojos de un observador, así que se levantó, fue hasta la mesa, colocó el libro sobre el almohadón situado a tal efecto y lo fotografió con forzada indiferencia.
El supuesto profesor, que había tomado una carpeta de las estanterías del fondo, cruzó de vuelta y se marchó por donde había venido.
Irene pensó en arrancar la hoja para llevársela, pero, tras recapacitar, le resultó excesivo y peligroso, indigno de una restauradora.
Cogió un folio que había en la mesa y fabricó un sobre.
Sacó un bolígrafo de la mochila y le quitó el capuchón.
Comprobó que nadie la observaba, rascó la tinta de la última palabra del texto, la depositó con cuidado en el recipiente que había confeccionado y lo guardó en la mochila.
Allí estaba a buen recaudo junto con sus esperanzas de descubrir algo más acerca de la historia real del Goya .
Devolvió el libro al armario como si nada hubiera ocurrido. Había conseguido más de lo que esperaba cuando planeó la visita a Huesca, aunque también había perdido mucho: la confianza en Nacho y quién sabía si también su relación con Carlos.
Ya podía volver a Madrid y afrontar su vida.