Capítulo 79
Diez minutos después la dejaban cerca del Mini aparcado en una calle estrecha y mal iluminada de Angüés, y se despedían con amabilidad.
Al final, Irene se los había terminado de ganar en el camino, siempre preocupada por la gente con la que conversaba: que por qué habían elegido esa profesión, si era exigente, la familia…
Los dejó marchar antes de meterse en el coche.
No sabía por qué, pero no quería que la vieran hacerlo.
Una vez que se hubieron alejado, sacó el presupuesto del bolsillo trasero y comprobó de nuevo, incrédula, que las medidas coincidían con las de La muerte de Clara del Rey.
Se fijó en la fecha: era de hacía seis meses.
¿Qué habría sido del cuadro en ese tiempo?
¿Dónde habría estado? Tal vez hubieran aprovechado para pactar alguna venta futura si se demostraba la autenticidad, cosa que acababa de suceder gracias a los análisis del Prado.
Se sintió importante. No tanto porque alguien pudiera forrarse gracias a ella, sino porque la humanidad disfrutaría de esa obra de arte si se quedara en el museo.
Era un suceso único que apareciese un cuadro de tal relevancia.
Aunque si Nacho estuviera en lo cierto, ¿qué otras sorpresas les depararía la Corporación? ¿Qué maravillas tendrían escondidas?
Unos faros la deslumbraron. Se asustó y guardó el papel en el bolsillo. Las luces brillaron por segunda vez: era el Toyota del matemático. Miró en todas direcciones antes de acercarse. Ni un alma en el pueblo, ni siquiera un gato callejero.
La puerta del copiloto se abrió como invitación a que pasara. Irene dudó si dejarlo plantado. Prefirió hacerle frente, estaba furiosa. Entró y cerró la puerta .
—¡Eres un cabrón!
—Lo siento —balbuceó Nacho.
—¿Lo sientes? ¡Me has dejado tirada!
—No me podían descubrir.
—¡¿Y a mí sí?!
—¿Sabes a la cantidad de gente que he denunciado a través de redes o las empresas que he hackeado? Hay un montón de políticos y empresarios a los que he hecho la vida imposible al revelar sus estrategias. ¡Me juego mucho!
—¡Y a mí me podrían despedir del trabajo!
—No habría servido de nada que nos detuvieran a los dos. Y, además, yo llevo documentación falsa.
—Me fijé en que no ponía tu nombre en el carnet de conducir.
Nacho se sintió más expuesto de lo que estaba acostumbrado, y no le gustó.
—¿Cómo te has librado de los guardias?
—Bueno, creo que tengo cierto don de gentes, pero he pasado mucho miedo. ¿Quién te dice que lo de hoy no podría llegar a conocimiento de Barray? Y las consecuencias serían imprevisibles.
Nacho, Zapater o como se llamara guardó silencio, comprendía lo dramático de esa posibilidad.
—Estamos aquí, tratando de entender qué ha pasado con el Goya, y no creo que eso les haga mucha gracia a «ellos» —recalcó Irene.
—Lo importante es que hemos encontrado dónde tenían el cuadro.
—¡Vete a la mierda! Solo te importa tu investigación.
—Tú viniste por tu cuenta engañando a tu novio, nadie te obligó.
Era cierto, pero a Irene no le hizo gracia escucharlo.
Fue a bajarse del coche, eran más de las tres de la madrugada y empezaba a sentir el bajón tras los acontecimientos que la habían mantenido despierta.
Le quedaba casi media hora de conducción hasta llegar al hostal, en el que no la esperaría Carlos.
Nacho la detuvo cuando se iba a bajar .
—¿Vas a ir a buscar los archivos del monasterio? Yo me tengo que volver a Madrid.
—Ya veré lo que hago. Adiós. —Salió y cerró de un portazo.
Algo se había roto entre ellos.