Capítulo 78
En el pueblo apenas había luces encendidas y la noche estrellada era digna de un cuadro de Van Gogh, aunque Irene no estaba de humor para disfrutarla.
Apoyada en el muro de la entrada principal del monasterio, bajo la torre del homenaje, fue consciente de que estaba en el mismo lugar en el que Carlos se había enfadado con ella, unas horas atrás.
Y, desde aquel momento, su realidad había empeorado.
Tanto él como Nacho la habían abandonado a su suerte y ahora esperaba intranquila en mitad de la madrugada a que comprobaran sus credenciales.
El coche patrulla, que mantenía la luz de emergencia encendida, la deslumbraba mientras el joven guardiacivil, en el interior del vehículo, hacía la correspondiente consulta de los datos.
El mayor de la Benemérita no le quitaba el ojo de encima, como si pudiera escapar en cualquier momento.
Estaba tan indeciso como ella. Casbas era un pueblo tranquilo, sin apenas incidentes.
La situación habría resultado graciosa si no hubiera sido porque una tontería así podía costarle el trabajo a Irene.
O peor, su hazaña podría llegar a oídos de Barray, a saber con qué consecuencias.
El guardiacivil bajó la ventanilla y se dirigió a su compañero:
—No tiene antecedentes.
—Claro que no —saltó Irene—, ya les digo que trabajo en un museo.
—Vamos a tener que presentar una denuncia —explicó el mayor.
—No, por favor.
—No nos queda otro remedio, señorita .
—Vamos a ver —dijo cargada de sentido común, el que no había tenido durante la noche—, ustedes han comprobado que no he cogido nada —dijo mostrando los brazos.
El documento robado estaba a buen recaudo en el bolsillo, ahora junto al móvil—.
No soy peligrosa, me tienen identificada.
¿Qué van a conseguir con la denuncia? Solo problemas para todos.
El joven miró al de más experiencia. No le faltaba razón a la mujer.
—Pero usted no puede hacer lo que ha hecho.
—Es verdad, ha sido una locura absurda. Pero es que soy una apasionada del arte. Imagínense que esto llega a mi director, me juego el puesto de trabajo por una chiquillada. Y les aseguro que he estudiado muchos años para conseguirlo.
Los guardiaciviles se miraron. Lo cierto era que no daba la impresión de ser una delincuente. Llevarla al cuartelillo y hacer el atestado sería engorroso.
—Está bien —concluyó el más experimentado, que no veía el momento de que se acabara el turno—. Pero váyase directa a la cama, sin montar otro lío. ¿Se hospeda aquí en el pueblo?
—No, en Arbaniés.
—La acompañamos hasta el coche.
Irene sabía que no era tan sencillo.
—Es una larga historia, lo tengo aparcado en un pueblo cercano… Angüés.
—Andando es más de una hora.
—En realidad, vine hasta aquí con mi novio, pero se enfadó conmigo al ver que el monasterio estaba cerrado. Yo le dije que podíamos verlo por la noche, me llamó loca y me ha dejado colgada.
—Razón no le faltaba a su novio, señorita. Si le hubiera hecho caso.
—Pues ahora que lo dice… Gracias, de todas maneras.
Irene empezó a caminar desorientada. La rodilla le impedía andar derecha. Los guardiaciviles la vieron alejarse hacia la oscuridad.
—¡¿Quiere que la llevemos a urgencias?! —gritó el joven .
—Prefiero acostarme. Estoy agotada.
Los guardiaciviles se apiadaron de ella, daba pena verla desamparada y dolorida.
—Ande, que usted nos va a costar el trabajo a nosotros. Es muy tarde, a ver si le va a pasar algo por la carretera. La acercamos.
Irene sonrió relajada, era más de lo que había esperado media hora atrás cuando se sintió traicionada por Nacho.