No te fíes de ellos Capítulo 77
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Capítulo 77

Tras guardarse el papel con el presupuesto doblado en la cartera, Irene cerró la puerta del sótano y subió con dificultad las escaleras. Oyó la carrera y la respiración agitada que se alejaba hacia la salida de la sala capitular y se perdía en la noche.

Estaba sola.

Con la linterna encendida, apretó el paso ignorando la articulación dolorida, y siguió el camino que había tomado el matemático.

Se fijó en las dos tumbas del suelo para no cometer el mismo error y tropezarse con ellas.

Se detuvo antes de abandonar el edificio y apagó la luz.

Con cautela, asomó la cabeza al exterior.

La luna creciente volvía a brillar en el cielo e iluminaba el claustro.

Aguzó el oído: ni rastro de Nacho. ¿Qué era lo que lo asustaba tanto?

¿Se jugaba la vida si perdía el anonimato?

Las respuestas que barajaba su mente la desasosegaban, por lo que las apartó.

Ya no se oía la sirena de fondo, pero el resplandor distante en tonos azules revelaba la cercanía del coche de la Guardia Civil.

El claustro estaba vacío. Aun así, por temor a ser descubierta, caminó al amparo de los pilares que lo rodeaban.

No pudo evitar fijarse en lo mal restaurados que estaban la mayoría.

Hizo un esfuerzo para no distraerse; debía alcanzar cuanto antes el punto por el que habían saltado.

Era el más accesible. Y, con la rodilla como la tenía, no podía plantearse otra opción.

Había que salir al jardín que daba al huerto abandonado.

En los primeros metros, los árboles la cubrirían, pero calculaba que le quedarían otros cincuenta de campo abierto hasta el muro.

Era la zona más peligrosa. Eso, sin tener en cuenta que su coche estaba a kilómetros, en el pueblo no tan cercano .

¿Dónde coño se habría metido Nacho, o quienquiera que fuera? ¿Le había mentido y formaría parte de la Corporación? ¿La habría llevado hasta allí engañada para que la descubrieran?

Trató de serenarse, el corazón le palpitaba tan fuerte que le daba la sensación de que la delataría.

Era un pensamiento absurdo, pero no estaba preparada para correr, ni sortear obstáculos, ni soportar la presión.

Ella era buena restauradora y, como le había dicho Carlos, ¿qué se creía, una puta espía?

La investigación le quedaba grande.

Debía volver al presente, eso le habían enseñado en el curso de mindfulness que hizo el año anterior: focalizarse en el aquí y ahora, no pensar siquiera en el descampado que debía atravesar.

Solo la columna que la ocultaba. Dos pasos hasta la siguiente.

Y otros dos. Y así. Ya estaba cerca de su objetivo, no había sido tan complicado.

De pronto, unas pisadas acompañadas de cuchicheos se aproximaron a su espalda.

Se congeló como había visto en los documentales que hacían los cervatillos ante los depredadores.

Inmóvil, no la verían. ¿Serían los guardiaciviles?

Era preferible a que se tratara de alguien de la Corporación.

Eso la dejaría al descubierto frente a Barray.

Le dio la sensación de que se alejaban hacia la sala capitular.

Salía de detrás de la columna gótica cuando una luz la deslumbró.

—¡¡Alto!!

Pensó en echar a correr y se sintió ridícula: ¿adónde iba con la rodilla inflamada?

Levantó los brazos como si fuera una delincuente común y se asomó.

Un guardiacivil novato, pistola en mano, la apuntaba nervioso.

Silbó, y otro compañero que le doblaba la edad salió entre las sombras y se dirigió hacia ella.

Ambos la miraron sin saber cómo actuar. Sería por prejuicios, pero cuando recibieron la llamada de que alguien había allanado el monasterio no se esperaban encontrar a una mujer joven y vestida un tanto pija, poco apropiada para asaltar edificios abandonados.

—Señora —dijo el mayor de los dos.

«Señorita», pensó Irene. Prefirió no corregirlo .

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó curioso a la vez que bajaba el arma y le hacía un gesto al compañero para que lo imitara.

Ya resultaban menos amenazantes.

—Perdón, perdón —contestó Irene de corrido—. No vengo a robar nada, se lo juro.

—No tiene pinta de ladrona —comentaron entre ellos—. Ni de okupa.

Le hicieron una señal para que se acercara, que Irene obedeció. No había ni rastro de Nacho. Habría escapado, no como ella.

—No, no, soy… historiadora del arte.

—¿Cómo?

—Es que vine para ver el monasterio y como me lo encontré cerrado, pues… —Dejó colgada la frase porque la explicación no le resultaba convincente ni a ella misma.

—No se puede actuar así —la regañó el mayor—. Y mire qué hora es.

—Bueno, es que es tan bonito que se me han pasado las horas. Tienen que ver ustedes la iglesia de tres ábsides, con el retablo barroco y el coro —dijo para demostrar que de verdad era experta en arte.

—Ya, señora.

—Señorita —corrigió, ahora sí.

—Señorita. No son maneras.

—Si, en realidad, yo ya me iba.

Hizo un ademán, pero el joven se interpuso.

—Documentación —le solicitó.

—Claro.

Irene sacó la cartera que llevaba en el bolsillo de los vaqueros, apartó el papel que había robado en el sótano y le entregó el DNI. El mayor de los guardiaciviles lo cogió y lo miró con detenimiento.

—Irene Llamas —dijo—, acompáñenos.