No te fíes de ellos Capítulo 76
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Capítulo 76

Tras revisar el palacio abacial y diversas estancias del monasterio, Irene y Nacho cruzaron el claustro gótico casi a oscuras. Se había nublado. Las malas hierbas acolchaban el suelo y trepaban por los arcos trebolados de piedra.

Estaban nerviosos, llevaban más de dos horas y no habían dado con nada interesante. ¿Era una entelequia encontrar el lugar en el que había estado oculto el cuadro durante tantos años?

—No sé si vamos a tener tiempo de recorrerlo entero —advirtió Nacho.

Alrededor de la galería ya habían investigado en los almacenes, el refectorio y en la cocina, pero les quedaba la sala capitular.

Una de las dos puertas de madera estaba entreabierta.

Irene la empujó, se adentró con decisión y desapareció de la vista de Nacho, que dirigió la linterna hacia el suelo para entender lo sucedido.

La restauradora había tropezado con el bajorrelieve de un sepulcro y se quejaba tendida sobre la figura de piedra de la antigua abadesa.

—¡Joder! —exclamó enfadada, conteniendo el dolor.

—¿Estás bien?

Irene dobló con dificultad la rodilla magullada.

—¿Puedes andar? —preguntó Nacho tendiéndole la mano.

Irene hizo un esfuerzo, aceptó la ayuda y sus manos se juntaron durante un par de segundos.

Al ponerse de pie, ya se habían soltado.

A Nacho, poco acostumbrado a la interacción con humanos, el contacto le había resultado demasiado íntimo.

Aun así, le gustó. La restauradora se dio cuenta, la timidez le parecía tierna, pero no era el momento de distraerse.

Cogió la linterna del piso y comprobó que el golpe había sido fuerte; sumado a la rigidez causada por el barranquismo, le iba a impedir moverse con agilidad.

—Estoy bien —mintió.

—¿Seguro?

—Claro, vamos.

Echó a andar. Cojeaba ostensiblemente. Nacho se preocupó, pero no dijo nada mientras iluminaba el suelo.

—He leído —dijo— que la mayoría de las piezas del monasterio se perdieron en la desamortización del siglo XIX y durante la Guerra Civil. Algunas están en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Tal vez ocultaran el resto en alguna parte para que no se las quitaran.

Nacho, tras comprobar los planos que se había descargado en el móvil, invitó a Irene a la sala contigua, para lo que había que atravesar la abertura del muro. En la habitación había muebles de madera, plásticos y un cristo apoyado sobre la pared.

—Esto debía de ser la sacristía.

Abrieron una nueva puerta y se encontraron con un váter destrozado, por lo que volvieron sobre sus pasos.

—¿Qué crees que hacían con los artistas para conseguir las obras? ¿Cómo los chantajeaban?

—Goya fue acusado por la Inquisición justo en los años en los que pintó los cuadros del levantamiento —respondió Irene al tiempo que inspeccionaba otra de las salas, que estaba destrozada y con el techo hundido—.

Habían confiscado La maja desnuda en el palacio de Godoy, y fue un escándalo.

Se le acusó de pintar de manera indecente y perjudicial para el bien público, y se le ordenó presentarse ante el tribunal, pero no consta que llegase a hacerlo.

Los historiadores especulan con que sus buenos contactos evitaron la condena…

—¿Y si hubiera sido la Corporación? Primero lo acusan, después lo chantajean hasta que accede a pintarles el cuadro y entonces «ellos» consiguen que no haya sanciones —recalcó Nacho .

—A estas alturas, no lo descartaría. La denuncia se disolvió de repente. Y Goya tuvo suficiente dinero para adquirir la Quinta del Sordo.

—También he pensado en los otros artistas; Caravaggio pasó aprietos con la justicia, era un tipo violento.

—Es cierto, llegó a estar condenado a muerte por el papa Pablo V —puntualizó Irene—. Sin embargo, esa sentencia no se ejecutó. Le permitieron huir a Nápoles y continuó pintando. Lo acogieron en la Orden de Malta e incluso lo nombraron caballero. Aunque también acabó mal con ellos, según he leído.

—Leonardo estuvo un par de meses en la cárcel por sodomía, y la acusación no se presentó al juicio. Habría que examinar la vida de los artistas de las obras que han aflorado en los diferentes momentos de la historia. Me temo que en muchos casos se dará una situación similar.

—Los poderosos siempre han tratado de someter a los creadores —concluyó Irene.

—Y da vértigo pensar que la Corporación pudiera influir en la Inquisición, o en la Orden de Malta, incluso en el propio papa.

Ese pensamiento dimensionaba el poder que habrían tenido. Y, quizá, todavía tuvieran.

Ya habían inspeccionado los últimos aposentos que daban a la sala capitular y no habían encontrado nada de interés. Antes de marcharse, Nacho consultó los planos. Giró el móvil y amplió la pantalla, algo no cuadraba.

—¿Qué ocurre? —preguntó Irene.

—Debería haber un sótano… ¡Ahí! —Señaló una estantería con cacharros inservibles—. Ayúdame a moverla.

La deslizaron con dificultad y, tras ella, localizaron una portezuela. Nacho la empujó y cedió; olía a cerrado y había una escalera que descendía.

A Irene, con molestias en la rodilla, le costó bajar, pero hizo un esfuerzo alentada por la investigación. Llegaron a una pequeña estancia con una nueva puerta cerrada con llave .

—Imposible —dijo Nacho, desilusionado—. Por aquí no han podido sacar un cuadro de ese tamaño.

—Estaba enrollado —explicó Irene.

Al matemático le cambió el semblante.

—¡Déjame a mí! —dijo, y sacó el carnet de conducir. Irene se fijó en que el nombre no coincidía con Ignacio Garmendia, pero disimuló. La prioridad era desvelar si dentro había algún misterio. El presunto matemático lo introdujo con habilidad en la ranura hasta alzar el pasador.

La recámara a la que daba la puerta era amplia y llena de sombras, y el ambiente fresco y sin humedad, la convertía en un buen escondite para conservar obras de arte.

Al iluminarla con las linternas, vieron muebles desvencijados, telarañas y una mesa sobre la que descansaban papeles desordenados, también por el suelo.

En la pared de enfrente, varios marcos vacíos y algunas esculturas de pequeño tamaño. Irene se acercó a revisarlas.

—Podrían ser vírgenes del XIX , aunque de poca calidad.

Nacho movió la linterna para comprobar qué más había aparte del mobiliario.

Detrás de un aparador, asomaba una tela enrollada.

Chistó a Irene, que se reunió con él, ansiosa por comprobar qué tendría pintado el lienzo.

Lo desplegaron con sumo cuidado; era la pintura de un cristo crucificado al estilo de Murillo.

Pero solo al estilo.

—Yo creo que es del siglo XX . Y no de un gran artista. Mira las manos y las carnaciones —explicó decepcionada—. No están conseguidas.

Después de conocer el Goya, se esperaba obras más interesantes.

Había otras figuras y lienzos menores. Nada comparable a La muerte de Clara del Rey.

Irene, sin rendirse, se fue hacia los papeles de la mesa y los hojeó: documentos amarillentos sobre las abadesas del monasterio, oraciones en latín, páginas del Nuevo Testamento y anotaciones hechas con bolígrafo azul.

—Mira, son de un inventario reciente —le mostró a Nacho—.

Este comentario se refiere a la escultura más grande de la Virgen.

Es de un artista anónimo. La donaron al convento en 1879.

También reseñan el cristo, año 1902. Si algo bueno tiene España, es que se registra todo, y las órdenes religiosas eran muy precisas.

Así se han podido datar multitud de obras y certificar su procedencia.

Al cerrar en 2004, los archivos completos se los llevarían a otro monasterio. Tendríamos que encontrarlos.

Cuando ya iban a abandonar el sótano, Irene se fijó en un papel caído en el suelo cuyo membrete le resultaba familiar.

—Espera. Mira esto.

—¿Qué es?

Irene lo cogió, sopló el polvo y lo observó alucinada. Llevaba fecha del año anterior.

—Es un presupuesto de la principal empresa de transporte de obras de arte.

Nacho se acercó.

—A ver.

—Joder… Las medidas de la caja coinciden con las del Goya.

—¿Estás segura?

La mirada de Irene lo dejaba claro.

Se sobrecogieron, aquello cambiaba su opinión sobre lo sucedido.

Parecía cierto que el cuadro hubiera pertenecido a las monjas durante doscientos años y ellas no hubiesen sido conscientes de la joya que tenían.

El vértigo por lo descubierto los mareó.

La historia contada por Barray podía ser verdadera, y las hipótesis sobre las que habían construido el relato se tambaleaban.

Tal vez, las teorías de Nacho no tuvieran fundamento y fuera un conspiranoico más.

En ese momento, se oyó lejana una sirena de policía. Se miraron aterrados.

—¡No nos pueden pillar aquí! —dijo Nacho, y se dirigió deprisa hacia la salida, sin percatarse de que Irene estaba lesionada.

Le costaba seguirlo.

—¡¡Corre, joder!! ¡¡NADIE DEBE SABER QUIÉN SOY!!