No te fíes de ellos Capítulo 75
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Capítulo 75

—Marchaos a casa, mañana también podría ser un día largo.

Nadie se movió. Les había costado tres intentos detener a Ariztimuño, y ahora lo habían asesinado camino de los juzgados y delante de los agentes que lo custodiaban.

Era una realidad dura de asumir. Todos querían recibir la buena noticia de que la autora de este segundo crimen había sido detenida al pisar su país.

Para ello, se habían movido rápido y con eficacia.

En la puerta misma del avión esperaría la policía colombiana acompañada por dos de los guardiaciviles que protegían la embajada.

Si todo iba según lo previsto, pedirían inmediatamente la extradición a España.

Las autoridades se habían mostrado colaboradoras, el asunto de la cantante había dado la vuelta al mundo y tener a una de las culpables en casa suponía un conflicto internacional con Estados Unidos.

Campos le daba un último mordisco al bocadillo de jamón que había pedido en el instante en que sonó el móvil de Lola. Lo desenfundó tan rápido que al inspector no le dio tiempo a verlo.

—Inspectora Baltanás —dijo apresurada, y puso el teléfono en altavoz para que el resto se enterase.

—No estaba.

—¿Cómo ?

—La sospechosa no iba en el avión —le explicó el guardiacivil con el que ya había hablado antes.

—¡Es imposible!

—Eso hemos dicho nosotros. La policía colombiana ha registrado la cabina de pasajeros y ha mirado incluso en la bodega.

La frustración del grupo se disparó.

—Pero en Madrid pasó el control de pasaportes, hemos visto las imágenes, y figura que entró en el vuelo.

Lola no pudo ver la impotencia de su interlocutor al encogerse de hombros.

—No sé qué decirle, inspectora. Tal vez la sustituyese otra persona en algún punto. Es imposible localizar al pasaje, ya se han mezclado con los demás vuelos en la terminal, pero le aseguro que ella no ha salido.

Se quedaron sin palabras. Tras unos segundos, Lola retomó la conversación.

—Gracias, en cualquier caso. Si sabe algo nuevo, me llama sea la hora que sea.

—Así lo haré.

Se despidieron y Lola se dejó caer sobre la silla como un fardo.

Los sudores la invadieron entremezclados con el cabreo y el desánimo.

No se reconocía, era una persona diferente.

Se sintió mayor por primera vez en su vida.

¿Se iba a quedar así para siempre o volvería a ser ella misma?

No pensaba con la claridad habitual; se había equivocado en las líneas de la investigación, habían jugado con ellos.

—¡Joder, la colombiana sabía que estaríamos esperándola!

Golpeó con fuerza la mesa, que crujió al romperse. La rabia era una vieja conocida, al menos.