Capítulo 74
Aunque Nacho era más de hackear cuentas de redes sociales y webs de empresas que de allanar monasterios, no les resultó difícil.
La noche era clara, sin nubes. Saltaron por el muro de piedras medio derruido que había elegido y que daba al antiguo huerto, ahora abandonado.
Lo recorrieron sin necesidad de encender las linternas, atravesaron el patio del pórtico y alcanzaron la entrada de la iglesia de tres ábsides en torno a la que crecía, libre y desordenada, la vegetación.
Irene se detuvo a contemplarla, no podía olvidar su pasión por el arte, y le fascinaba verla con esa luz tan mágica. Era como transportarse a la Edad Media.
—Es románica, del siglo XIII —dijo.
Nacho le dedicó un momento a la fachada abocinada de tres arcos con relieves geométricos y once arquivoltas. Gracias a la investigación de los últimos años había desarrollado una sensibilidad estética que antes no imaginaba. La recorrió con la vista, maravillado.
—En el tímpano hay un crismón de la Santísima Trinidad con el agnus Dei en el centro —dijo Irene señalándolo.
—¿Crees que podría significar algo?
—No para lo que nos ocupa, pero me gusta.
Ambos sonrieron. Se entendían.
—A ver si está abierta.
Nacho tomó la iniciativa y empujó la puerta de madera pintada en gris plata.
Cedió con un ligero chirrido. Una emoción especial los cautivó a ambos; ¿se adentraban en los dominios de la Corporación?
Se quedaron quietos; el silencio era casi total, tan solo se oía algún grillo lejano.
Nacho prendió la linterna y le hizo una señal a Irene para que lo imitase.
Iluminaron con potencia la planta de cruz latina de una sola nave.
Estaba vacía y abandonada, con los bancos volcados por el suelo y las paredes llenas de humedades a medio restaurar; la parte superior estaba pintada de blanco y, en la inferior, los sillares quedaban vistos.
—Se nota el cambio de material en la construcción —explicó Irene señalando la cabecera de triple ábside con una ventana de medio punto en el centro—. En la parte de arriba, la piedra es más tosca. Debieron de quedarse sin presupuesto. No solo es un problema actual.
Sonrió con ironía. Nacho la miró, le resultaba muy atractiva bañada por el exiguo resplandor que entraba del exterior. Irene se dio cuenta y se sonrojó. Hicieron como si no ocurriera nada y comenzaron a recorrer la iglesia con precaución, ya que el piso estaba mal conservado.
—¿Qué más pinturas han aparecido a lo largo de la historia?
—No solo pinturas —explicó Nacho según se acercaban al altar.
Sobre ellos quedaba la cúpula sustentada por pechinas y detrás, el coro con la sillería de madera—.
Hay una historia muy curiosa sobre los manuscritos de Kafka hallados en Jerusalén.
Se dice que el escritor mandó a Max Brod quemar su obra una vez que hubiera fallecido.
Hablamos de los años veinte del siglo pasado.
Pero su amigo no lo hizo, o fue una estratagema para crear el mito.
—¿Podría estar detrás la Corporación?
—Es complicado asegurarlo, pero podría ser, sí. También reúne ilustraciones y grabados, y se han puesto a la venta recientemente. En 2015 se descubrió en un desván escocés un cuento perdido de Sherlock Holmes.
—Los desvanes son muy socorridos —apuntó Irene con sarcasmo.
—Todavía hay ciertas dudas de que sea de verdad de Conan Doyle, pero yo he hecho un estudio sobre el estilo, el uso de términos, la estructura y creo que lo es. Para la Corporación es muy importante que se reconozca la autoría y no siempre es tan sencillo .
—Por eso vinieron al Prado. Si nosotros lo certificábamos, la mayoría lo aceptaría.
—Como en los otros casos que he documentado, ellos ya saben desde el principio que las obras son auténticas —afirmó Nacho—. Sobre todo, si las han obtenido del autor por métodos poco claros.
—Barray estaba convencido de que era un Goya.
Irene lamentó formar parte de un engranaje gigantesco que no dominaba. Se detuvo frente a una pequeña puerta desvencijada y la abrió, el espacio era angosto.
—Es un confesionario que da directamente a la clausura, así las monjas no tenían que salir al exterior. Lo he visto en otros conventos.
Entonces se acordó.
—He hecho nuevas radiografías del Goya, aunque me quedan algunas áreas del lienzo por analizar.
—¿Y?
—Hay un sello oculto, mira —dijo Irene mientras lo buscaba en el móvil. Se lo mostró—. No sé qué significa. Es una especie de sol o, tal vez, los brazos de Medusa, no se ve bien. Tengo que repetirla con más contraste.
Nacho asintió.
—Mándamelo.
Irene lo hizo mientras se acercaban al retablo barroco situado en uno de los laterales y presidido por una imagen de la Inmaculada bajo una sencilla cruz, rodeada por molduras doradas y pinturas oscurecidas por el paso del tiempo.
Nacho, que la seguía con la linterna enfocada hacia el suelo para que no tropezase, entendió que debía retomar la enumeración de los casos investigados.
—En el año 2005, descubrieron en Alemania una cantata que fue atribuida a Bach tras una minuciosa comprobación tanto caligráfica como musical.
Y hay más Caravaggios, una obra de Thomas Malory sobre el rey Arturo diferente a la conocida.
Y uno de los más curiosos: en 2008, se encontró en Buenos Aires un montaje distinto de la película Metrópolis de Fritz Lang del año 27.
Tenía casi media hora más que la versión estrenada en Estados Unidos. Ningún crítico conocía su existencia.
—Y no te olvides del Salvator Mundi, de Leonardo.
Apareció en Nueva Orleans y se vendió en una subasta de Christie's en Nueva York por una millonada, y después no se ha vuelto a saber de él.
Ese cuadro es fascinante, yo creo que sí pertenece a Da Vinci.
Me encantaría saber dónde está. Pero el Goya sería uno de los descubrimientos más impactantes, sin duda.
Nacho miró la hora en el móvil. Eran más de las once.
—Aquí no veo nada. Vamos a revisar el resto del monasterio, nos faltan más de diez mil metros cuadrados. Me he bajado los planos de Internet; tiene una especie de palacio, caballerizas, un claustro y un montón de estancias con sótanos.
Ya se encaminaban hacia la salida de la iglesia por el claustro bajo cuando escucharon un ruido fuera y se quedaron congelados.
Apagaron las linternas y guardaron absoluto silencio.
Nacho, con más agilidad de la esperada, trepó por la columna que sustentaba el estrecho ventanal, se situó en la repisa inferior y miró hacia fuera.
En ese ángulo no se adivinaba nada sospechoso. Permanecieron así un rato.
Una vez convencido de que no había peligro, bajó hasta Irene con precaución.
—Creo que no hay nadie. Vamos con cuidado, todavía nos quedan muchas salas.