Capítulo 73
Anochecía en la localidad de Casbas, cuyas calles estaban vacías.
Tan solo se oía un murmullo que provenía del bar situado en la plaza, lejos del Toyota aparcado en la trasera del monasterio en el que Nacho e Irene conversaban.
Habían dejado el Mini en el pueblo vecino para que no llamase la atención y tomado precauciones de que nadie los siguiera.
En el habitáculo, iluminado por la luna creciente, el ambiente era propicio a confidencias.
—Me dedico desde hace años a monitorizar las redes y a ver tendencias —dijo Nacho.
Le debía una explicación—. En ocasiones, compruebo cómo una teoría arranca en Estados Unidos y después se repite en otros países de Latinoamérica o Europa, incluso con una correlación de horas.
Ahí salta la alarma. Siempre lo difunde un canal inicial y los demás se hacen eco de manera coordinada.
—Igual que los partidos políticos en España a través de cuentas afines —añadió Irene.
—Normalmente se difunde por Telegram. Es una técnica de marketing digital que cada vez se aplica más a la política o a temas sociales. ¿Te acuerdas de la cantidad de polémicas que hubo en torno al COVID?
—Claro, imposible de olvidar.
—Que si nos inyectaban chips, que si la pandemia no existía.
—Decían que los féretros que salían en las noticias estaban vacíos.
—Un perfil sube la noticia falsa, miles de bots la recogen y después otras cuentas importantes se hacen eco y citan esa fuente inicial, y así ellos no se pringan.
Cuando se demuestra que es mentira, reculan y echan la culpa al que lo dijo primero.
Pero ya han creado mal rollo y desconfianza en el sistema.
—Y sus seguidores se lo han creído.
—Incluso tras verificarse que los ataúdes llevaban cadáveres, pensarán que los medios tradicionales mienten, que los pusieron para la foto.
Si quieres pertenecer al club te piden que aceptes algo increíble, y así ya te tienen en la madriguera de conejo de Alicia en el País de las Maravillas.
Una vez dentro, la vida es una fantasía y eres susceptible de creer lo que sea.
—Como una secta —dedujo Irene.
—Tal cual. Es lo que se llama señales honestas costosas.
Irene se removió en el asiento del copiloto. Le sobrecogía que el ser humano fuera tan influenciable, que necesitase tener la explicación de cualquier suceso, aunque fuese absurda.
—Pero no te creas que esto funciona solo en la actualidad —explicó Nacho—.
Ya en el siglo XVIII , John Robison, que se podría considerar como el primer gran conspiranoico, arremetió contra los Illuminati en su libro Pruebas.
Empezaba con datos convincentes, pero terminaba con otros inventados que dejaban entrever sus propios miedos.
—Supongo que siempre ha habido intrigas, unas verdaderas y otras falsas, solo que ahora las redes lo amplifican en segundos.
—Algunos denunciamos conspiraciones reales, como esta de la Corporación, pero la realidad es un entramado de mentiras, medias verdades y verdades, y perdemos credibilidad.
Si consiguen generar esa desconfianza en el sistema, las personas son manipulables y la democracia y las instituciones no valen nada.
—Hizo una pausa que a Irene le sonó dramática—. Y entonces, ¿qué nos queda?