No te fíes de ellos Capítulo 70
40%

Capítulo 70

La despedida fue gélida, no se dieron un beso y casi ni se miraron.

Pasaron por el hostal ya con menos encanto a recoger la bolsa de Carlos para después acercarse al tren.

El recorrido resultaba demasiado largo para ir en silencio.

Irene trató de entablar una mínima conversación, sin conseguirlo.

Cuando su pareja se enfadaba era seco e inamovible, muy distinto al que conoció hacía siete años, con el que se podía negociar si era de manera inteligente.

Pero, de un tiempo a esta parte, si le llevaba la contraria, se lo hacía pagar.

Llegaron al aparcamiento una hora más tarde.

Al fondo, la estación de Huesca, que semejaba dos gigantescos ladrillos sustentados sobre pilares de hormigón.

No le permitió acompañarlo al vestíbulo, por lo que Irene apenas si bajó del coche.

Lo vio alejarse con la seguridad de que no se iba a girar, hasta que se perdió en el interior.

Sabía cómo generarle sentimiento de culpa.

Abandonada como las mujeres que pintaba Hopper, tuvo ganas de llorar.

Le dio vergüenza hacerlo delante de otros viajeros que transitaban por el estacionamiento y se escondió dentro del Mini.

Las lágrimas no la aliviaron, y un fuerte dolor de cabeza le paralizaba el lado izquierdo de la cara.

Carlos tenía razón cuando le decía que estaba obsesionada, pero ¿la situación no era excepcional como para estarlo?

Decidió continuar.

Conectó el móvil al sistema de navegación y seleccionó la dirección del monasterio entre las últimas búsquedas: tardaría media hora. Abrió Spotify, la lista que tenía configurada con baladas de Emcy.

Arrancó más serena y salió del aparcamiento .

La música, a pesar de sonar melancólica, le mitigó el malestar por la marcha de Carlos y la centró en su objetivo.

Aunque la idea de que los mismos que habían llevado el Goya al Museo del Prado pudieran tener relación con la muerte de la cantante la puso en guardia.

Tal vez no fuese una buena decisión ir al pueblo de Casbas a indagar.

¿Y si era peligroso? ¿Qué quiso decir Barray con aquello de que le avisase si Carmela Rojo la molestaba?

¿La podrían amenazar de alguna manera? ¿También lo habrían hecho con Goya?

Aun así, la mezcla de curiosidad con deseo de justicia la impulsaba.

Ella no era una espía, como le había espetado Carlos, pero su oficio tenía algo en común con las investigaciones policiales.

Debía conectar con la mente del artista y comprender por qué pintaban.

Entender las motivaciones era esencial en ambas profesiones.

Al fin y al cabo, trabajaban con preguntas que había que responder apoyados en la intuición combinada con las técnicas más modernas, que aportaban pruebas irrefutables necesarias para unir las piezas del puzle.

Había llegado muy lejos como para rendirse ahora.

Veinte minutos después, al abandonar la nacional, descubrió que un coche oscuro la seguía.

Atravesó el pueblo de Angüés mientras escuchaba una estrofa de The end en la que Emcy cantaba a plena voz: «No corras desesperada, no huyas, el final te alcanzará, solo tienes que asumirlo cuando llegue. Ya está aquí. Abre la puerta».

Tomó la carretera autonómica, faltaban seis kilómetros para llegar al monasterio. El coche sospechoso continuaba detrás, aunque a mayor distancia. Por un momento lo perdió de vista y se tranquilizó, estaba demasiado paranoica.

En la A-1228 el paisaje era monótono, una llanura de cereales a ambos lados de la carretera recta, con mucha visibilidad.

Eso hizo que distinguiese de nuevo por el retrovisor la mancha oscura y metálica que la seguía.

No sabía qué hacer, porque cada vez estaba más y más cerca, hasta que lo tuvo unos metros por detrás.

No había ni un alma en los alrededores, ni casas ni otros vehículos.

Aceleró sin conseguir ver al conductor ni aumentar la distancia.

No le gustaba el riesgo, y ya circulaba a una velocidad superior a la permitida.

En un arranque de valentía, optó por detener el coche y encararse con el perseguidor.

Pensó que tal vez se tratara de Michel Barray y que podría razonar con él.

No en balde, si Nacho tuviese razón, habría hecho millonarios a sus jefes de la Corporación.

Aminoró la marcha y estacionó en un sendero lateral rodeado de árboles, cogió el móvil por si acaso necesitaba grabar lo que ocurriera y se bajó decidida.

El coche oscuro, un modelo japonés pasado de moda, se aproximó y aparcó a escasos metros. Llevaba las lunas tintadas. Irene se tensó, el valor la abandonaba. Tal vez no debería haberse parado. Si gritaba, nadie la oiría.

La puerta del vehículo se abrió y salió un tipo vestido con una sudadera negra. No era el francés. Al girarse hacia ella, comprobó que se trataba de Nacho, con sus pintas habituales.

—¡Joder, qué susto! ¡¿Qué coño haces aquí?!

—Lo mismo que tú.

—Me seguías.

Por un momento, la idea de que Nacho no fuera quien decía le cruzó la mente. En realidad, no sabía nada de él, que tenía una cuenta en X y que se suponía que trabajaba de manera anónima para un periódico. Pero ¿quién le aseguraba que fuera cierto?

—Sabía que vendrías al monasterio. He visto que, al encontrarlo cerrado, os marchabais y dejabas a tu chico en el tren. ¿Habéis discutido?

—Eso a ti te da igual.

—Es verdad, perdona.

—¡Es que es acojonante que me espíes en mi calle de madrugada o cuando me peleo con mi pareja!

—Solo quería asegurarme de que estabas bien, que nadie más te seguía.

—Y si estuviera amenazada, ¿qué habrías hecho? ¿Sabes artes marciales, vas armado? —preguntó irónica.

—No .

—¡Menudos dos!

A Irene le dieron ganas de reírse por la osadía de investigar a la supuesta Corporación. Miró a Nacho, que sería muy inteligente, pero no era un hombre de acción, a pesar de estar en forma, y después pensó en sí misma: tampoco se veía como Judit decapitando a Holofernes.

El ruido de un coche se aproximó y ambos se alarmaron, pero se alejó rápido por la carretera, sin detenerse. No había peligro.

—¿Vamos al monasterio? —preguntó Irene.

—Quizá sea mejor entrar de noche. He visto un muro por el que es fácil saltar.

No era una buena idea, pero Irene aceptó.