No te fíes de ellos Capítulo 69
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Capítulo 69

El desayuno habría merecido la pena si el humor de los comensales les hubiera permitido disfrutar del surtido de frutas, los bollos artesanos, el jamón ibérico o la selección de cafés.

Pero Carlos únicamente había abierto la boca para masticar.

La tirantez se debía a la noche anterior, pero también a que, si el viernes había tocado barranquismo, el sábado era cultural, por aquello de que rascarle la espalda al otro no solo funcionaba entre policías.

El asfalto no se encontraba en buen estado y el camino, aunque recto, se hacía tedioso.

Salieron de la comarcal como indicaba el navegador.

Al final de la recta, con árboles y chalets solo al lado izquierdo, se vislumbraba el campanario de la iglesia.

El monasterio estaba al lado. Aparcaron en la tapia mal conservada que rodeaba la finca de dimensiones considerables.

Las ventanas estaban desvencijadas, con algunos cristales rotos.

Se bajaron frente a un panel con un anuncio arrancado en el que se intuía un «SE VENDE». Daba sensación de abandono. Carlos resopló y se dirigieron hacia la puerta .

—Lo fundaron en el siglo XII —explicó Irene para animarlo.

—Y no lo han restaurado desde entonces. Tiene partes de piedra, otras de ladrillo, cemento…

—Está declarado monumento nacional.

No consiguió impactarle. Caminaron hasta el portón de madera bajo la torre del homenaje del monasterio. Irene se adelantó para empujarlo, pero no cedió. Lo intentó de nuevo, fue inútil. Carlos también fracasó.

—¿Damos la vuelta a ver? —La voz sonó un tanto desesperada.

Carlos la miró incrédulo. ¿De verdad no había comprobado si era visitable?

Comenzaron a andar sin demasiada esperanza cuando se cruzaron con una vecina del pueblo ya entrada en años pero muy resuelta. Irene, amable, se acercó.

—Disculpe, ¿sabe si se puede entrar?

—Ay, niña —dijo la anciana con acento de la comarca—, desde que se fueron las monjas a principios de siglo está medio abandonado. Lo había cogido una fundación, que eran muy majicos, e intentaron arreglarlo, pero ya ve que es gigantesco. Hacía falta mucho dinero.

—¿Y nadie lo enseña?

Carlos, que mantenía las distancias, se impacientaba. No le gustaba que su chica fuera tan cercana con cualquiera.

—Antes sí, Carmen, pero desde que lo compró la nueva empresa está cerrado a cal y canto.

—¿Quién lo compró? —A Irene se le encendió una luz: la Corporación.

—Pues no sé, hija, eso debió de ser hace un año o así. Decían que iban a construir un hotel.

—¿Y no han venido por aquí?

—Yo no he visto a nadie. Ni arquitectos, ni obreros, nada.

—Ya. ¿Y algún camión de transporte grande como de mudanza?

La señora negó con seguridad .

—Muchas gracias.

—No hay de qué. Lo que tenían que hacer ustedes, que son jóvenes, es eso del barranquismo. Lo lleva un sobrino mío, si quieren les doy el teléfono.

Irene forzó una sonrisa, se había levantado con agujetas en todo el cuerpo.

—Estuvimos ayer. Dígale que lo pasamos genial —mintió para complacerla.

Se despidieron con cercanía, a pesar de que se acababan de conocer. Irene temía girarse hacia Carlos, que la esperaba para echarle en cara su error.

—No entiendo —dijo malhumorado—. ¡¿Qué cojones hacemos aquí?!

—Bueno, ya que veníamos, me dio la impresión de que era una elección original. Había visto fotos del interior muy interesantes. Tiene una iglesia de tres ábsides, el claustro es gótico…

Carlos no creyó la explicación. Ella mentía fatal y perdía fuelle según hablaba.

—¿En serio? ¿Y lo del camión ese?

Irene suspiró para deshacerse del agobio que sentía.

—En realidad…

—En realidad —repitió Carlos en una invitación envenenada a que se explicara.

—Creemos, o sea, creo —se corrigió— que aquí es donde apareció el Goya.

—¡Venga ya, no me jodas! Y a qué veníamos, ¡¿a investigar?!

—Bueno, no sé, estaba cerca de lo del barranquismo.

—A ver, barranquismo se puede hacer en mil ríos. ¡Si has elegido justo este es por el puto cuadro, coño! ¡Estás obsesionada!

—¡Es que no me acabo de creer la historia que cuentan los dueños!

—¡¿Y qué más te da?! ¿Es un Goya o no es un Goya?

—Creo que es auténtico.

—Pues ahí acaba tu trabajo .

—Lo del monasterio podría ser un montaje, una manera de evitar que Patrimonio investigue la verdadera procedencia del cuadro.

—¡Ahora eres una puta espía ¿o qué?!

—No, joder, pero ya viste la inscripción: no te fíes de ellos.

—No sabes por qué la puso. Sería una cuestión de su época, de los herederos, vete a saber. Tú eres restauradora.

—Ya. Sí. —Irene se descorazonó. Era verdad; solo sabía investigar escondida en el taller o en el búnker de rayos X.

—Nos vamos —concluyó Carlos, impositivo.

—A mí me gustaría, ya que estamos aquí, indagar un poco sobre quién ha comprado el monasterio. Preguntar a un par de vecinos, intentar encontrar los archivos, yo qué sé. Detrás de lo que ha sucedido hay una especie de corporación…

—¡Venga ya!

—Por favor. Es importante. Tengo que comprobar la procedencia del cuadro para estar completamente segura de su autenticidad. La técnica y los materiales concuerdan, el lienzo es el mismo…

—Mira, yo paso —la interrumpió Carlos, e inició el camino hacia el coche—.

Tenía muchísimo lío en Madrid, necesito que me aprueben de una vez la operación financiera, pero como no estamos bien pues me dije, nos vamos el fin de semana.

¡Me has engañado, coño! Y es que no entiendo qué te pasa desde que te nombraron directora del departamento.

¡¿Quién te ha metido estas ideas en la cabeza?

! —preguntó mientras llegaban al coche aparcado.

—Nadie.

—El tipo ese con el que te vas a cenar.

—No digas tonterías.

—Nos volvemos a Madrid.

Se metieron en el Mini e Irene fue a apretar el botón de arranque, pero se detuvo. Decidió por una vez enfrentar el miedo a que Carlos se enfadase.

—Yo no me voy.

—¿Perdona ?

—No me voy. Ya que he venido hasta aquí, quiero averiguar algo más.

—Pues muy bien. El coche es tuyo, pero me acercas a la estación de Huesca.

—Carlos, por favor.

Pero su chico ya miraba los horarios de los trenes en el móvil.

—Como quieras —asumió con desánimo, y arrancó.