Capítulo 67
Exhausta y dolorida, había calculado mal sus fuerzas para enfrentarse a los rápidos que avanzaban entre peñascos, por suerte redondeados, pero crueles e inoportunos.
No podía moverse. Se había duchado con agua muy caliente para relajar los músculos, era como si le hubieran administrado cinco somníferos y tres calmantes.
Acurrucada en la cama de matrimonio del hostal con encanto, esperaba a que Carlos terminara en el baño.
Miró la habitación que había reservado en la pequeña localidad de Arbaniés, iluminada por la luz de la mesilla.
Por una vez, las fotos de la página web hacían justicia: era amplia y cómoda.
Acogedora. Había elegido la de paredes de estuco en tonos verdes, su color favorito, el mismo que el de Emcy; con cabecero y vigas en el techo de madera de roble.
Y un ventanal por el que ahora solo se veía la noche. Incluso los grillos dormían.
Temía el momento en el que su chico se metiera bajo el edredón. No tenía ganas de nada, qué lejos quedaban los neoprenos y los besos del vestuario, pero sentía la obligación de, al menos, complacerlo.
Carlos tardó un buen rato en ducharse y lavarse los dientes.
Por fin, entró vestido tan solo con los bóxer negros.
Solía dormir así. Se metió en la cama y se aproximó por detrás.
Irene percibió su cuerpo y notó de nuevo la excitación.
El beso en el cuello que tantas veces la estimulaba no surtió efecto.
La contractura le molestaba demasiado. Se giró hacia él y se dejó besar con calma, aunque sin aportar pasión.
Enseguida bajó por el cuerpo de Carlos para buscar su sexo.
Él se separó .
—No te apetece.
Irene se sintió descubierta. Su cara no mentía, era demasiado expresiva.
—Se nota, vas directa al grano para acabar cuanto antes.
—Lo siento. Estoy agotada.
—No pasa nada —dijo retirándose.
—Si quieres lo intentamos.
—Gracias, como un favor, no.
—¡No es un favor, Carlos, joder!
Se miraron, el tiempo de buen rollo había caducado.
—Tenemos todo el fin de semana —dijo Irene con la esperanza de recuperarlo.
—Claro. No pasa nada.
—¿Seguro?
—Seguro.
Carlos apagó la luz de la mesilla y se giró hacia su lado de la cama. Transcurridos unos segundos, en los que el insomnio empezó a adueñarse de Irene, él se levantó y se fue al baño. No era difícil imaginar cómo acabaría eso.
Cerró los ojos y Clara del Rey herida de muerte apareció irremediable. La noche se le iba a hacer muy larga.