No te fíes de ellos Capítulo 65
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Capítulo 65

Casi sin ser consciente, se vio en el vestuario construido con madera local de la zona de Alquézar y ya con el neopreno puesto, que se ceñía al cuerpo como una piel gruesa.

Le permitía moverse, aunque con cierta incomodidad.

Se fijó en su chico, que se ajustaba la parte de arriba.

A él le quedaba perfecto. En momentos así, se sentía inferior, no podía competir con el físico de Carlos, que levantó los brazos para exhibir los músculos como si fuese un superhéroe enfundado en el disfraz y soltó una carcajada.

Tenía que reconocer que ese despliegue de energía la estimulaba.

Se giró vergonzosa porque sus pensamientos se disparaban y fantaseaba con la llegada al alojamiento con encanto que había reservado para dos noches.

—¿Me subes la cremallera? —dijo.

Carlos se aproximó, la abrazó por detrás y la besó en el cuello. Estaban solos. Irene notó que él también se excitaba. Le dieron ganas de bajarse el neopreno y hacer el amor allí mismo, pero el grito del monitor la apartó de sus deseos.

—¡¿Listos?!

Para cuando quiso darse cuenta, caía a plomo por un pequeño barranco mientras gritaba como una loca.

Se hundió en la poza de aguas heladas y cristalinas entre los peñascos de roca caliza de la sierra de Guara.

Era un paisaje kárstico formado por profundos cañones esculpidos por el agua durante miles de años. Un enclave de ensueño.

Pero Irene solo pensaba en escapar del fondo y respirar.

Cuando emergió, sus pulmones se hincharon, vociferó y el eco resonó por las gargantas.

Carlos, desde un saliente, se rio con ganas.

Cuando ella se hubo apartado, saltó dando un mortal para caer en mitad de la pequeña laguna.

Salió y abrazó a su chica con fuerza, estaba más orgulloso de ella que cuando le dieron el puesto de directora del departamento en el museo.

El monitor los jaleó desde las peñas y fue tras ellos con una arriesgada cabriola.

—¡Esto no ha hecho más que empezar! —dijo salpicándolos—. ¡Vamos!

A partir de ahí, toboganes naturales, golpes, algún que otro susto, sifones, risas y besos. Los rápidos se sucedieron con otras zonas más calmadas donde hacer el muerto y dejar que la corriente los acompañara suave como si fueran la Ofelia pintada por John Everett Millais.

Ni rastro del Goya en la mente, ni de Michel Barray, ni de ningún tipo de conspiración.

A media tarde se secaban en la orilla. Había empezado a refrescar e Irene, agotada y llena de moratones, no veía el momento de marcharse al hostal.

El día había sido larguísimo. Carlos pretendía hacer otra actividad, pero la cara de agotamiento de su pareja le frustró los planes.

No valoraba lo conseguido, siempre le pedía más a la vida, al trabajo y a su chica.

Le molestó que estuviera cansada, pero asumió de mal humor que ya no iban a tirarse por más cañones.

A Irene no le importaba ceder, pero sabía que Carlos no tenía límite.

Daba igual si seguían una hora o dos, nunca sería suficiente y lo hacía saber.

—Estoy muerta —dijo temerosa—. Y dolorida.

—De follar ni hablamos, ¿no?